lunes, 21 de mayo de 2012

"Tom Pain"

El sábado por la tarde fui al Teatro Gayarre a ver "Tom Pain (una obra basada en la nada", y eso es lo que ví; nada de nada, porque el actor no se presentó; ¡lo nunca visto! (nunca mejor dicho...).

La directora del teatro nos explicó que, aunque el día anterior la compañía sí había dado señales de vida, el sábado, día de la actuación ho había aparecido nadie, ni el actor, ni miembro alguno de la compañía Entre Piernas Producciones, de Méjico, que tampoco atendía a llamadas telefónicas.

Los espectadores estuvimos esperando un rato, por si el actor tenía la ocurrencia de aparecer por allí... o por si aquella incertidumbre formaba parte del espectáculo (de todo se ha visto ya...) pero al final nos tuvimos que ir, quedándonos con las ganas de haber disfrutado de un espectáculo que, sin duda, prometía, aunque juró en falso...

¿Alguien ha visto a Gerardo Trejoluna (el actor) por ahí?  ¿Alguien se lo ha cargado?  ¿Se habrá derretido el hombre, junto a su bloque de hielo?

Se supone que el sábado por la tarde tenía que habernos contado tres momentos de su vida, sentado en una silla y apoyando los pies descalzos sobre un bloque de hielo (que, como diría mi madre, a ver qué necesidad habría de estar 70 minutos de función pisoteando un hielo, con los pies descalzos, -cosa que yo, por mi parte, le hubiera perdonado muy contenta- con tal de que hubiese actuado de alguna manera visible)...

La verdad inventada:  Tom Pain

He encontrado a Gerardo en un bar, con los pies pegados a un bloque de hielo.  Dos artesanos estaban esculpiendo en el propio hielo unos patines de ruedas que le permitieran el desplazamiento.

Gerardo se impacienta.  Dice que tiene un compromiso, hoy, en el Teatro Gayarre a las ocho de la tarde, y no consigue poner sus pies en movimiento.  Éstos se han quedado pegados a una barra de hielo, y la barra parece anclada al suelo, y en manos de unos hombres, a los que, dice,  no ha visto jamás.  Sólo recuerda que anoche, tras pedirle al camarero que le guardase la barra de hielo en un congelador, había bebido todo cuanto le habían puesto ante sus ojos, y ahora se encuentra pegado por los pies a su barra de hielo, alineado, por las piernas a un tablero de madera que termina, a la altura de su cintura, en la barra del bar, sobre la cual parece haber dormido atravesado a lo ancho, con los brazos y la cabeza colgando al otro lado de la misma, durante gran parte de la noche.

Los “artesanos” continúan, empecinados y laboriosos; dicen que le quieren hacer unos patines, no sé por qué, ni tampoco si con la borrachera que tienen van a conseguir algo parecido a lo que pretenden… pero ahí siguen, dale que te pego… mientras Gerardo se desespera. Con el griterío aparece el dueño del bar y echa a los borrachos a la calle, y los manda a dormir la mona a otra parte.

Gerardo no entiende qué hace ahí, pegado a su bloque de hielo; y harto de los borrachos y de su situación insoportable y absurda, grita y jura como un poseso insistiendo en que lo ayuden a salir de ahí.

El dueño del bar le dice que se calme y que no tenga tanta prisa y le explica que anoche, tras la octava copa, había pedido que le devolvieran su barra de hielo, cosa que hicieron y él, tras descalzarse, se subió encima del hielo y se puso a contar historias sobre su vida, sin que nadie se lo hubiera pedido.  El público intentó hacerlo callar, pero él terminó por conseguir imponerse y la gente decidió escuchar su discurso, tras su promesa de pagar todas las copas de aquellos que lo quisieran escuchar.

Curiosamente, aquello resultó ser un éxito fabuloso; todo el mundo lo escuchó durante horas y no pararon de beber.  La experiencia había sido, desde el punto de vista del negocio, magnífica, y ahora sólo esperaba que le pagase la factura, que ascendía a unos 4.527€ de las bebidas consumidas. 

El público, además,  había acabado con todos los pinchos que había en el bar, y la noche había resultado de lo más animada; pero ahora, Gerardo tenía que pagar; ese había sido el trato; él mismo se había prestado como "prenda", y mientras no pagase, no le iban a permitir que se fuera del bar.  Para colmo, anoche dejó constancia firmada de este último compromiso y el dueño del bar no está dispuesto a pasarlo por alto.

Gerardo se queja amargamente; le dice que ya ha sacado bastante con la comida que ha vendido, y que no tiene ese dinero para pagarle, y que ya no aguanta más sobre el hielo; que le duele la cabeza, el cuerpo y el alma, y se quiere ir al hotel, para descansar antes de actuar en el Gayarre, pero el dueño del bar le dice que de ninguna manera; que no lo va a consentir, y que además, lo del Gayarre ya había pasado; que hoy es domingo y su actuación tenía que haber ocurrido ayer.

Finalmente, Gerardo, mientras sigue pegado a su barra de hielo, le propone volver a contar historias, que es lo único que sabe hacer, hasta conseguir que la gente que entre en el bar pague su factura.  Pero el dueño del bar no termina de verlo claro, y le propone que se quede en el bar hasta que se haya corrido la voz de que hay un “contador de historias” pegado a una barra de hielo en su local, y le llene el bar todas las noches durante un mes, ya que la gente que entre en el bar, más que pagar su factura, sólo pagarán sus propias consumiciones.

Gerardo se niega, lo llama “negrero”, “esclavista”, “explotador” y todo lo que se le ocurre.  Llora desconsoladamente, y aunque le digo que llame a alguien que le pueda ayudar, él se niega; no quiere llamar a su compañía, y dice que no tiene ni familiares ni amigos; sólo público que lo escucha cuando cuenta sus historias y del que no quiere nada más; no quiere llamar a la policía, y tampoco me quiere explicar por qué.  ¡¡¡¡Sencillamente dice que accede a los deseos del dueño del bar!!!

Le aseguro que lo que le propone el dueño del bar es un abuso que no se puede consentir, bajo ningún concepto; que ese documento que ha firmado es papel mojado, y además mojado en alcohol y que no vale para nada.  Le digo también que no tiene por qué someterse a él; que hay otras maneras de resolver los problemas y que no ceda, que no se puede ser tan imbécil en esta vida, y que se deje ya de estupideces; que la situación es extremadamente injusta, indignante y vergonzosa y absurda.

Ante ésto, y de forma totalmente inesperada e incomprensible, Gerardo ha empezado a insultarme gravemente; me ha escupido, y de no haberme apartado, ¡hasta me hubiera dado con todo el puño en la cara! 

Por su lado, el dueño del bar ha aparecido, tras un extremo de la barra, hecho un cafre, con una maza entre las manos, dispuesto a pegarme y he tenido que salir corriendo, temiendo por mi vida,  mientras escuchaba de Gerardo que accedía, “para que me enterara bien”, a quedarse un mes contando historias en el bar, sobre una barra de hielo, tal y como pretendía el dueño del bar.

Ante eso, ¿qué hacer?  ¡Que les den morcilla!  ¡Que se vayan a la mierda!

Obviamente, ese pirado no va a pasar ni por el Gayarre ni por ningún otro lugar, durante un mes; dinero que se ahorran…  El que quiera verlo, tendrá que ir a ese bar, de cuyo nombre no quiero acordarme, porque, como podrá comprender, aunque sé dónde está Gerardo Trejoluna, no espere que le diga, ni a mi santa madre, ni dónde está el bar en cuestión, ni el nombre del mismo; ¡pues sólo faltaba que encima, les hiciese propaganda!  ¡Hasta ahí podíamos llegar!!!!

Baste con informarle de que este tipo existe y “anda” por ahí.

VALE

K.

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