Siempre he pensado que, mientras exista el cielo, es imposible aburrirse. Es un espacio abierto a los viajes infinitos, intangibles, intemporales, impredecibles, inigualables, inaprensibles, inauditos, incomparables, inalcanzables, intransferibles, imposibles, impagables. No hay vida suficiente para recorrer los cielos.
LA VERDAD INVENTADA: CIELOS: PAISAJES ESPACIALES
Qué bonito es el cielo, porque siempre es igual de distinto. Los paisajes de las nubes me recuerdan a esos seres que se fueron para quedarse siempre en nosotros hasta convertirse en nuestra propia esencia.
Constantemente cambia la geografía de las nubes, como un
pensamiento convertido en aire, que por la noche se esconde tras un velo negro
para vestirse de gala.
Incendiadas las estrellas de su traje, nos ilumina por
dentro, según lo miramos, nos emborracha de su luz, belleza, y nos limpia por
dentro, con sus manos negras. Nos prepara para un nuevo día, como si fuera una
nueva oportunidad de vida, y cada mañana renacemos.
Cada noche da la luz a un nuevo día, cargado con la energía
de sus estrellas, y entonces el cielo se viste de amanecer, de mañana, de ocaso
y, nuevamente, de gala, pariendo, cada noche, un nuevo alba.
A veces parece que el cielo refleja un sentimiento que
pretende sosegarnos.
Otras veces parece enfadado, otras feliz, distraído,
divertido, ido.
En la inmensidad del cielo caben miles de infiernos
temporales, permanentes, pasajeros; rosas, naranjas, verdosos, azules,
amarillentos, blanquecinos, malvas. Se esconden entre las nubes pero las nubes
los delatan.
A veces nos limpia, a veces nos llora, a veces nos acaricia
suavemente y viene seriamente ardientemente, maquiavelicamente a nuestra mente.
Todos los días, al cielo le arde una herida.
Y yo con estos pelos, y sin telescopio.
VALE.
K.
VALE.
K.



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