martes, 5 de junio de 2012

"Mi pierna ingrata"

Ya sé, y mi espalda también lo sabe muy bien, que hay que colocarse, recta ante la mesa cuando una pretende permanecer sentada un tiempo escribiendo, leyendo, etc., y no con las piernas cruzadas, pero…

Esta maldita costumbre está tan arraigada en mí que,  a veces,  me pregunto si no será más bien una manía de mis propias piernas, y no mía:  parece que ellas solas se cruzan, como si fuera esa su posición natural.  La cuestión es que como resultado, es muy normal que termine con, al menos, una de las dos piernas dormida...


La verdad inventada:   "Mi pierna ingrata"
Estaba leyendo en casa y hacia eso de las nueve de la noche empezó el hambre a llamar a las puertas de mi estómago.  Tras echarle un vistazo a la nevera, y percibiendo la temperatura tan agradable de la brisa que se colaba por la ventana del cuarto de baño hasta el balcón abierto, decidí que mejor me bajaba al bar a tomar unos pinchos con un par de cervecitas y, si de paso me encontraba con alguien, pues mejor que mejor, aunque, por otro lado, me apetecía quedarme en casa, en perfecta soledad, ya que por fin se habían ido todos a la playa de vacaciones.  ¡Qué maravillosa es “la paz del hogar vacío”, que sin horarios ni griteríos me invitaba a aprovechar la noche para repasar una canción que tenía medio hilvanada!

Pero “la noche es joven”, pensé, y ni corta ni perezosa bajé a la calle en busca del bar al que acostumbro a ir, solo que esta vez, me metí en otro que me atrajo por la cantidad de gente que se agolpaba en su puerta, unos entrando y otros saliendo.  Como la curiosidad me pudo, terminé entrando.  Allí me tomé un par de cañitas y un bocadillo de jamón con tomate, mientras escuchaba a un tipo curioso que, sentado en una silla, al fondo del bar, y con los pies apoyados sobre una barra de hielo, que se iba derritiendo dentro de un barreño rectangular y grande, contaba una triste historia que, por la pasión que le ponía al asunto, parecía estar viviendo según la relataba.

¡Me pregunto si esa pasión le venía directamente dede los pies, a través del hielo, a modo de disfraz que ocultaba el sufrimiento del frío que el tipo debía estar sintiendo en los pies!  Cosa curiosa, sin duda.  Le recomendaría a cualquiera que se pasara a verlo alguna vez, aunque sólo sea por la rareza del asunto.  Además, parece ser que pretende permanecer en el bar contando historias durante varias semanas, según me ha dicho el camarero.

El caso es que para las diez y media, más o menos, regresé a casa, me puse un cubata, cortito de ginebra y con mucho hielo, y subí a mi cuarto para hacer unos arreglos con la guitarra, o más bien para intentar terminar una canción que tenia medio compuesta o descompuesta, según se vea, o mejor dicho, según se oiga…  

Aunque empecé cambiando ligeramente la letra que ya tenía preparada, al final la cambié tanto que se podría decir que terminé por escribir una canción nueva.  Creo que el tipo del bar ha sido, en parte, culpable de tanto meneo…

No obstante, y aunque ya era tarde, animada por lo bien que parecía estar quedando la canción, y sobre todo porque la inspiración esa noche había decidido facilitar las cosas, decidí acoplar la nueva letra a los acordes de mi guitarra, que me esperaba ahí mismo, apoyada en el filo de la mesa.   La letra me obligó también a cambiar parte de la música, pero me salió todo, como de corrido; casi sin esfuerzo.

Justo cuando estaba pasando a limpio la letra de la canción, ahora que ya estaba terminada (al menos de momento) sonó el teléfono.  Por la hora que era me inquieté y me levanté corriendo a cogerlo, pero una de mis piernas no me respondió, me caí redonda al suelo, sin poderlo evitar y perdí la llamada. 

Esperé un buen rato en el suelo, intentando “espabilar” la pierna por si se volvía a repetir la llamada, cosa que no sucedió.  Me sosegué, imaginando que se trataría de una equivocación de alguien que, a la segunda, consiguió comunicar con la persona adecuada, que obviamente no era yo.

Ahí me quedé un rato, porque la pierna parecía no estar dispuesta a recobrar vida.  La verdad es que me asusté, porque al intentar ponerme de pie, sujetándome a una mesita que había cerca, comprobé que al apoyar el pie izquierdo en el suelo, el tobillo se torcía como si fuera de trapo y, desde luego, me resultaba imposible andar.

No era la primera vez que se me dormía una pierna, como se podrá suponer, pero en esta ocasión, la insensibilidad de la pierna era tal que no parecía mía (!!!), y no sabiendo qué hacer, decidí echarle paciencia al asunto y dejarme caer lentamente sobre el suelo, asegurándome de que la postura permitía perfecta libertad a la pierna hasta que decidiera recobrar vida…

Tras unos veinte inmensos minutos de espera, ya empecé a impacientarme más de la cuenta.  Me dolía el trasero, de estar sentada en el suelo en la misma postura, y a la preocupación de ver que no había manera de poner aquello en movimiento se unió la desesperación que me entró por ir al baño, ya que el efecto diurético de las cervecitas había empezado a hacer efecto hacía más de dos horas; tiempo que llevaba posponiendo el hecho de ir al baño, por no interrumpir la composición de la canción, y como ya no sabía qué hacer y no podía más, decidí llegar hasta el cuarto de baño, arrastrando el trasero al que le seguía aquella ingrata pierna que parecía burlarse incesantemente de mí, a pesar de todos los mimos que llevaba regalándole desde hacía, al menos, veinte minutos, pesados como veinte años.

Cuando por fin estaba llegando a la taza del wáter, mi pierna izquierda empezó a moverse de un lado para otro; y digo que “ella” empezó a moverse, porque desde mi cerebro no había salido impulso nervioso alguno que trasladase semejante orden hasta aquella maldita extremidad.  El caso es que mi pierna izquierda empezó a moverse golpeando la puerta y la pared perpendicular a la misma, y a mi pierna derecha, con tanta virulencia, que tuve que hacer un esfuerzo inmenso por sujetarla con mis manos y brazos para conseguir que mi pierna derecha la aprisionara por encima y contra el suelo, como una horquilla, y así conseguí detenerla.

Realmente, no sabía qué hacer.  Aunque parecía que aquellos empujones y movimientos convulsivos habían cesado, no me atrevía a soltarla, por si acaso, aunque sólo fuera por el daño tan tremendo que me había hecho y por el miedo que se había apoderado de mí.  Así que allí permanecí sentada en el suelo pelón del cuarto de baño, sobre mi propia orina que más que habérseme escapado parecía haber salido huyendo de mi cuerpo, como hubiera salido yo misma huyendo de mi pierna izquierda, si hubiera tenido un repuesto de pierna izquierda que me ayudase a escapar.  Por supuesto, tampoco tenía, a mano, ni móvil, ni teléfono con el que comunicarme con alguien.  Un horror, durante el cual rememoraba paso a paso todo lo que me había sucedido con la pierna, intentando encontrar una explicación que excluyera la posibilidad de que hubiera perdido la cabeza…, porque lo que era la pierna, ahí estaba…

Tardé algo más de hora y media en atreverme a ir “soltando amarras” y poco a poco fui desasiendo la zurda extremidad, con el alivio inmenso del resto de los miembros de mi cuerpo al ver que mi pierna ingrata, por fin, se había quedado quieta, aunque esperaba que no dormida...

Tras ir relajando todos los músculos del cuerpo, pude comprobar cómo me dolía cada centímetro del mismo; ambas piernas tenían heridas y me dolía mucho la espinilla de la pierna derecha, que había recibido sendas patadas.  Me dolían las manos de hacer fuerza, los brazos, la espalda, la cabeza y hasta el alma…  y ya sólo parecían quedarme fuerzas para maldecir una y otra vez la eficacia de aquella especie de incomprensible maldición, o lo que fuere, y la “paz del hogar vacío”… y, mientras lloraba de rabia y desesperación, me acordé del bálsamo de Fierabrás…  y de mi gente, de vacaciones en la playa…  Me acordé hasta de rezar…

Decidí bajarme los vaqueros para ver qué había ocurrido, ahora que parecía que la pierna estaba, además de “tranquila”, dispuesta a mantenerme de pie…  Pero al irme a quitar aquellos vaqueros-pitillo que albergaban ambas piernas, me di cuenta de que se me había pegado la piel a la tela, y me resultaba tan doloroso despegarlos de las piernas a tirones, que se me ocurrió meterme en la bañera para que el agua, con su fuerza, suavemente disolviera ese “pegamento” que no era más que sangre que cementaba las heridas al duro y tieso algodón del vaquero.  Además así me lavaría y refrescaría, a un tiempo, después del “escape” y de la sudada producto, todo ello, de aquella catástrofe incomprensible y feroz.

En efecto, al rato de estar en la bañera, la implacable determinación del agua había ablandado, casi hasta la disolución, aquella masilla adherente que tanto me estaba haciendo sufrir. 

Salir de la bañera, con el dolor que me provocaba aquella tela mojada que tiraba de unas heridas que aún no había visto, y aquel cansancio, era algo que me producía una pereza increíble, aunque estuviera deseando hacerlo.  Finalmente, el escozor de las heridas y la incomodidad de la humedad me animaron vivamente a intentarlo, y arrastrando mi cuerpo fuera de la bañera, como si fuera un pingajo, me quedé tumbarme sobre la alfombrilla del baño, tiritando de horror y de frío, bajo el abrigo de una toalla.

En esa misma postura, y haciendo un verdadero acopio de voluntad, doblé las rodillas para poder apoyar los pies paralelamente sobre el suelo, y, de esta manera, ejerciendo fuerza sobre los mismos, y arqueando mi cuerpo, despegué el tronco del suelo, me bajé la cremallera del vaquero y mientras me disponía a bajarme los pantalones tirando de ellos con las manos hacia las rodillas, caí desplomada sobre el suelo, recibiendo un rodillazo formidable en la cara, regalo inesperado de mi pierna ingrata. 

Aún no conocía las heridas y magulladuras del resto de mi cuerpo, cuando pude comprobar ¡que también me sangraba la boca y la nariz! Pero antes de tener tiempo de quejarme, ahí me veía intentando, nuevamente paralizar aquella pierna, que se revolvía contra su compañera, la derecha, y contra mí, pateándome sin piedad.  Sorprendentemente, me vi insultando a la pierna como si fuera un cuerpo extraño pegado a mi ser y ajeno a mi persona.  Entre dolor y dolor, mi mente me preguntaba si no me habría vuelto loca sin previo aviso.

En mi desesperación, me puse a gritar, con todas mis fuerzas, aprovechando que la ventana del baño, por suerte, estaba abierta, hasta que un hombre consiguió que el volumen de sus gritos superase al de los míos.  Entonces, abandonando mi griterío, le pedí que rodeara la casa por el jardín y entrase por la puerta de atrás, rompiendo el cristal de la misma, con lo primero que pillase, y que subiese de inmediato a socorrerme.

Él me preguntaba qué me pasaba e insistía en llamar a la policía, mientras yo le rogaba que hiciera lo que le había dicho, asegurándole que era una cuestión de vida o muerte y que no podía esperar más.

El hombre, finalmente, hizo lo que le dije y subió de inmediato hasta donde lo guiaron mis alaridos.  Él me pedía que me quedase quieta, porque de lo contrario se iría, que no iba a consentir que le pegase una patada más, de las que ya le había repartido.  Esto me sorprendió, porque yo no era consciente de haberle pegado patada alguna, y por otro lado me reconfortó pensar que cada patada que se hubiese llevado él me la habría ahorrado yo…  Conseguí sosegarme lo suficiente como para pedirle que bajase a la cocina y buscase una cuerda que tenía debajo del fregadero, mientras intentaba retener la pierna izquierda entre mis brazos y manos.  Desconcertado e incrédulo, lo hizo. 

Cuando subió, le supliqué que me atase las piernas con las cuerdas y él me dijo que aquello ya era demasiado y que ya se había cansado de tanta sandez; que si tenía ganas de reírme de alguien iba a tener que buscarme a otro y que él ya se iba.  Tras rogarle con mis llantos que se quedase, y viendo cómo mi pierna izquierda me maltrataba; conseguí que me atara las piernas y, recuperando el resuello, le pedí que me acercase la toalla del lavabo mojada, para limpiarme la sangre de la cara, y le conté la inexplicable experiencia que estaba sufriendo, durante las últimas horas.  Le pedí que llamase a un médico o que me llevase a urgencias, pero él decidió llamar a la policía.

Estaba tan reventada, tan exhausta, tan dolida, tan confundida, tan horrorizada, que ya en un ataque de ira contra mi pierna izquierda le pegué, con todas mis fuerzas, con el puño derecho y le juré que estaba dispuesta a amputarla, si insistía en semejante comportamiento.

Paulatinamente fui notando cómo la pierna izquierda se relajaba y dejaba de ejercer fuerza contra la otra pierna y contra las propias cuerdas, y para cuando llegó la policía mi cuerpo entero estaba ya bastante más relajado.

El hombre que había tenido la generosidad de quedarse allí conmigo hasta que éstos aparecieran, bajó a abrirles la puerta y se quedó un rato en el piso de abajo con ellos, contándoles todo lo que había visto, lo que yo le había contado y cuál era, ahora, la situación.  Junto con la policía había llegado, también, una ambulancia.

Por supuesto, todo el mundo dio por hecho que tenía algún tipo de trastorno mental y me hicieron un interrogatorio exhaustivo incidiendo en el consumo de drogas de cualquier tipo, medicamentos, bebidas alcohólicas, etc.  Unos hombres me sacaron sangre que analizaron en la propia ambulancia y tanto la posibilidad de ingesta de drogas o alcohol quedó inmediatamente descartada; el cubata se había quedado, muerto de risa, sobre la mesa, y el test de alcoholemia daba un porcentaje casi nimio de alcohol en sangre.

Yo no quería, pero la policía se empeñó en desatarme las piernas, sin mostrar respeto alguno por el terror que me invadía de arriba abajo.  En cuanto se aflojaron las cuerdas noté que la pierna pretendía volverse a mover, y apoyándome en un grito le solté un formidable puñetazo a mi pierna izquierda asegurándole que como se atreviera a emprender nueva batalla me la amputaba.  ¡De inmediato paró!  ¡PARÓ! 

Los enfermeros, mirándose atónitos, se dispusieron a quitarme el maldito vaquero-pitillo rasgándolo con una tijera (juro no volver a ponerme uno en mi vida), haciéndome un daño horroroso, según se iban despegando las heridas del mismo; pero ya me daba igual todo; sólo quería deshacerme, urgentemente, de ese maldito pantalón congelado que parecía estar quitándome la vida.  

Tenía las piernas llenas de heridas y magulladuras, y las cuerdas clavadas en la carme;  y, efectivamente, los hombres se maravillaron al ver la manera en que me había autolesionado.  Me curaron todas las heridas y se empeñaron en inyectarme un tranquilizante, a pesar de que yo no quería, de ninguna manera que lo hicieran, pero cuando les expliqué el porqué de mi determinación a evitar los tranquilizantes, ya me los inyectaron sin dilación alguna.  Les dije que necesitaba estar muy despierta para poder controlar a mi pierna…  

Pasado un buen rato, y viéndome, finalmente, serena, conseguí que se marcharan.  Para ello tuve que jurarles que al día siguiente iría al centro de salud para que me recomendaran ayuda psicológica.  La verdad es que yo también sentía que la necesitaba, y mucho… 

Me puse el pijama y me fui a la cama; ya no podía tirar más ni de mi vida, ni de la pierna; pero previamente, había cogido una fusta de mi hermano, que monta a caballo, y que fue lo primero que se me ocurrió, por si las moscas…  En efecto, antes de que la pierna pudiera hacer nada, me percaté de que nuevamente pretendía lidiar una nueva batalla, pero al enseñarle, en actitud bien amenazante la fusta, cambió, de inmediato, de opinión.  ¡Sin duda alguna, había descubierto América!!! Y ésto me produjo sosiego y reposo.  Por si acaso,  decidí volverme a atar las piernas y mantenerlas así mientras estuviese durmiendo, y a partir de ese día llevo siempre una fusta conmigo; por si las moscas…  De esta manera, y desde entonces, mantengo siempre a raya, a mi pierna ingrata.  

Por lo demás, mi vida no ha cambiado en nada.  Mis amigos ya se han acostumbrado a lo que ellos llaman “mi nueva rareza”, que va siempre colgada al lado izquierdo de mi cinturón.  Más que una rareza es un “seguro de vida”, aunque ellos no lo entiendan.  Al menos, como amigos míos que son, lo respetan, que no es poco.  Sin duda, mientras no les pase a ellos algo similar, sé que no me van a poder comprender.  Mi pierna ingrata, sí; sobre todo, cuando ve la fusta... y eso es lo que importa…

VALE.  

K.

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