viernes, 15 de junio de 2012

"La motocicleta"

¡Qué gris es la rutina del asfalto!:  todos los días bajo por la calle de Goya hasta Colón y sigo por Santa Engracia, dibujando una línea recta que parece interminable, para ir a trabajar.  En más de una ocasión he pillado todos los semáforos en verde.  Es posible, cuando apenas hay tráfico y adecúas la velocidad; es como si los semáforos, a tu paso, tuviesen la voluntad de cambiar a verde.  Una gozada, cuando pasa.  Sin embargo, cuando a ésto se une una llovizna, el color del cielo parece un reflejo del asfalto, y la velocidad, volando a un lado y otro de la moto, lo pinta todo de gris.  Además, normalmente coincide con que te encuentras la calle vacía de peatones, las tiendas cerradas y la propia calzada desierta de vehículos.  En ese caso, qué aburrido es el trayecto.  Sólo te mantienen despierta el aire que se cuela por el casco hasta la cara y tus propios pensamientos…


La verdad inventada:  “La Motocicleta”

 “…¡Este maldito despertador, esta maldita rutina!  ¡Cuarenta años me quedan para jubilarme!  ¡Cuarenta años!  ¡Cuarenta años con esta mierda de reloj despertándome siempre a la misma hora, y advirtiéndome, encima:  “una hora menos en canarias”!  ¡Malditos canarios, siempre les queda una hora más para dormir!  ¡Cuarenta años dependiendo de tus insoportables exabruptos, interrumpiendo lo mejor del sueño, y todo, para no perder el trabajo!  ¡Qué maldición! ¡No te estampo porque me tendría que comprar otro…!”

Todas las mañanas se levantaba, Felipe, soltando la misma y rutinaria retahíla, que terminaba con los zapatos de su vecina estrellados contra la pared –tabique que tenía la desgracia de compartir con Felipe- y así expresaba su protesta la vecina, cansada de tener por despertador al cretino de al lado, oculto tras la pared de su piso de alquiler, ya manchada y marcada por las suelas de los tacones de sus zapatos. 

La chica estaba ya hasta las narices de esta situación que llevaba aguantando demasiados meses, sobre todo desde que le había tocado encargarse del turno nocturno en el casino donde trabajaba, que concluía hacia las cuatro de la mañana.  Tras dos horas de sueño, la vecina había recuperado fuerzas suficientes como para hacerle notar la ira de sus tacones a aquel maldito imbécil, en su pared, y se los tiraba como si quisiera atinar en el mismísimo centro del cerebro de aquel “invisible” y desconsiderado tipejo.

Curiosamente, Felipe recibía dicha protesta con agrado; pues él había decidido considerarla como un amigable saludo matutino de su vecina, la cual, todas las mañanas, sin faltar una, se reiteraba en ello.  De hecho, Felipe jamás se iba al cuarto de baño hasta que oía el acostumbrado saludo en la pared de su habitación, que rompía su soledad.

Todos los días, Felipe se duchaba deprisa, y como sus “oraciones” matinales le quitaban tanto tiempo –a veces, la vecina, de sueño muy profundo, tardaba demasiado en despertar, obligando a Felipe a repetir o alargar insistentemente sus retahílas de improperios- jamás le daba tiempo a desayunar y muchas veces, por culpa de su vecina, llegaba tarde al trabajo.

Como tantas otras veces, tras buscar desesperadamente su móvil para encontrarlo, finalmente, adosado a su muerta batería, y tirarlo, nuevamente, contra el sofá, corrió, escaleras abajo, y se dirigió a la calle, casi sin advertir la figura del portero; presencia que le fastidiaba lo indecible, porque, por su horario de trabajo, ya le indicaba que llegaba tarde, e intentando atinar la llave en el candado, liberaba a un árbol de su motocicleta y a ésta de la cadena con la que aseguraba su porte, en el mismo lugar, todas las mañanas, frente al portal.

Arrancar esa motocicleta congelada se había convertido, también, en una tremenda rutina; y las patadas que recibía el pedal de arranque se contaban entre doce y quince; a veces, más de quince, y Felipe se ponía enfermo de rabia.

Aquel día, no conseguía arrancarla, y en su desesperación, entre patada y patada, comprobaba que el depósito tenía gasolina y que el conducto del aire funcionaba bien, pero aquello no arrancaba, ni desayunando...

Un muchacho que lo observaba se le acercó y se ofreció a arrancar la moto por él.  Agradecido, miraba cómo lo intentaba mientras se desesperaba observando el paso del tiempo en su reloj, hasta que el muchacho, finalmente, consiguió arrancar el aparato y sin soltar el acelerador, le pidió que lo llevase, en su camino, a una de las calles de la ciudad.

Felipe, impacientado, le explicó que ya llegaba tarde, pero el muchacho le insistía de tal manera que decidió que sería más rápido llevarlo donde le indicaba; al fin y al cabo, parecía que sólo tendría que desviarse un par de manzanas o tres, como mucho.

Rápidamente se pusieron en camino.  Felipe tuvo que desviarse bastante más de lo que él había calculado.  El muchacho le iba indicando por dónde ir, y justo antes de entrar en un estrecho callejón, el chico se tiró de la moto, que hizo un extraño al culear, y estuvo a punto de arrojar a Felipe al suelo.  Éste se desahogó bien, con unos cuantos insultos de su colección particular, y sin pararse a pedir explicaciones, siguió acelerando la moto para intentar recuperar su camino hacia la oficina cuanto antes, no sin sentirse ciertamente aliviado tras haberse deshecho de la penosa compañía con la que había tenido que cargar.

En su marcha se encontraba perdido, al descubrir que no conocía aquella parte de la ciudad.  Decidió llegar al final de la manzana para mirar el nombre de alguna de las calles perpendiculares que le sirviera de referencia para orientarse, pero el nombre que leyó no le resultaba familiar en absoluto.

Cambió la dirección para circular por otra calle y se encontró otro cartel con el mismo nombre.  Realmente, no sabía si es que estaba en la misma calle o no, hasta que vio que la perpendicular se llamaba de igual manera.  Siguió buscando calles y vio que el nombre de éstas se repetía constantemente.

En su desesperación, intentó recordar por dónde había venido, pero aquel laberinto de calles había destrozado, por completo, su nimio sentido de la orientación.  Decidió, entonces, detener la motocicleta y, sentado sobre el sillín de la misma, con los brazos cruzados sobre el pecho y la barbilla pegada al cuello, se paró a pensar en todo lo que le había sucedido aquella absurda mañana de invierno que había roto, por completo, su rutina diaria.

Recordó al muchacho que arrancó la moto y terminó tirándose de ella.  Lo maldecía una y otra vez, por no haberlo avisado de la existencia de esa especie de ciudad paralela, que jamás había visitado antes y que, seguramente, el otro conocía.  Se preguntaba si no lo habría hecho a propósito; y de haber sido así, por qué; quién era ese desgraciado que lo había metido en semejante lío; y sobre todo, por qué había saltado de la moto; por qué no le avisó de dónde se metía, si es que lo sabía, claro.

Pensaba también en aquel nombre común a todas las calles que se repetía a sí mismo una y otra vez en un intento de comprender o recordar algo, pero no le servía de nada:  -“La caja negra”; “La caja negra”-. 

Intentaba relacionar el nombre de la calle con el muchacho que había arrancado su moto aquella mañana, pero la única conclusión a la que llegaba era que sólo estaba pensando en sandeces propias de una mente atrofiada o que tenían mucho que ver con cuentos infantiloides o películas de terror que ya había visto antes.

Era ya demasiado tarde como para preocuparse de la oficina y de la buena reprimenda que iba a recibir por su impuntualidad.  Eso le hizo darse cuenta de que desde el momento en que aquel ser extraño se había arrojado de la moto no había visto a nadie más.  El porqué de ésto era otra cuestión que se añadía a su larga lista de preguntas sin respuesta.

Decidió bajarse de la moto y llamar a las puertas de las casas para pedir ayuda o información, pero nadie contestaba.  Se le ocurrió ponerse a gritar, lo que tampoco surtió efecto y un nerviosismo histérico lo lanzó contra una de las puertas, hasta que la derrumbó, para encontrarse con una pared de ladrillo, detrás de ésta, y nada más.

Efectivamente, fue mirando a través de los cristales de las ventanas, trás los que tan sólo observó una pared de ladrillo, como si la calle en sí, no fuera más que el decorado de alguna película.  Le invadió el terror de aquella calle mortecina y corrió hasta su moto para arrancarla y seguir calle abajo.  Así, continuó aquella recta, que parecía interminable, hasta su final, con la esperanza de llegar hasta algún lugar conocido y finalmente a la oficina.

Todos los semáforos de aquella larguísima calle parecían invariablemente verdes, en la tremenda soledad de aquella parte desconocida de la ciudad que lo comenzaba a invadir todo.  De hecho, Felipe pensó que quizá él fuese el único que la conocía, pues allí no había ni personas, ni vehículos, ni nada en absoluto, que recobrase vida.  No podía dejar de preguntarse dónde se habría metido.

La ansiedad le perforaba el estómago vacío, hasta que vio, varias manzanas más abajo, que algunos vehículos empezaban a entrar en aquella calle de extraño nombre, por las perpendiculares.  Eso, y el hecho de que, por primera vez, encontrara una luz roja marcada en el semáforo, le hizo sentir algo más aliviado, con la esperanza de que la normalidad volviera a aparecer.

El semáforo cambió a verde y él comenzó, de nuevo, su marcha sin saber hacia dónde se dirigía, como si pretendiese que fuera la misma motocicleta la que tomase la decisión por él, como hiciera Rocinante con don Quijote, a quien devolvió a su casa.

Comenzaba a llover y aquel día frío de invierno intensificaba el color gris de las fachadas; y gris el asfalto, gris el cielo, Felipe se sentía gris; y sus oscuros sentimientos se veían resaltados por la lluvia que barnizaba el ambiente.  El único “gris” que parecía no funcionar aquél día, era el de su cerebro, ya que no encontraba la manera de solucionar tan rarísimo problema…

Montado sobre su moto, como encajado en ella, sentía el viento gélido y húmedo que se colaba por algún resquicio de los puños de su cazadora y también por el redondo remate de la misma que terminaba en una capucha que el viento, insistentemente arrastraba hacia atrás, haciéndolo aletear sobre su nuca, cubierta por el casco.

Llevaba ya bastantes kilómetros recorridos, cuando se percató de que tanto los vehículos que lo seguían como los que le precedían llevaban una velocidad constante, igual a la suya, por lo que la distancia entre ellos era siempre la misma.  También se dio cuenta de que se trataba siempre de los mismos coches y empezó a tener la sensación de que ninguno de los que estaban sobre la calzada se estaba moviendo en absoluto, sino que era la propia calzada la que se movía, junto a los edificios a uno y otro lado de la calle.  -Realmente es increíble lo que el aburrimiento te puede hacer imaginar, para defenderse de tanta rutina,- pensó.

Nuevamente giró para dirigirse por otra calle, hacia no sabía dónde, que, como las anteriores, se llamaba “La caja negra”.  Como solía hacer, cuando el motor estaba en marcha y se quería desahogar, con la certeza de que el ruido ocultaría su voz, comenzó a maldecir la susodicha “Caja negra” y su mala suerte, aunque no parecía haber nadie por ahí dispuesto a escuchar…

Aumentó la velocidad para alcanzar a los coches que le precedían, intentando parar a alguno para conseguir algún tipo de información, pero era imposible y decidió inmovilizar su motocicleta delante de un semáforo aún en verde, en una transversal y quedarse allí con la esperanza de hacer parar a cualquier vehículo que se le aproximase.

Tras un largo rato de espera en perfecta soledad, en el que se había dedicado a arrancar las bolillas de lana de la parte delantera de su jersey, ahora a la vista, como si fuera un tic nervioso que se hubiera apoderado de él, el aburrimiento, el abatimiento y el agotamiento lo bajaron de la moto, a la que apoyó sobre sus propias patillas de sujeción.  Aprovechando que no había ningún vehículo a la vista, se tumbó sobre el depósito que unía el sillín con el manillar y se quedó dormido ahí mismo.  Así le dio un respiro a ese cerebro gris que aquel día parecía empeñarse en intensificar su color…
 
Ignorando el tiempo transcurrido, un ruido de motores lo despertó.  Se incorporó sobre la moto con el alivio de pensar que todo aquello no había sido más que una desagradable pesadilla, pero cuando miró el letrero de la calle comprobó que permanecía en “La caja negra”. 

De inmediato giró su cabeza a derecha e izquierda para hablar con aquellos que lo habían despertado con sus motores.  Felipe, que tenía las palabras preparadas para escupirlas desde el alma, enmudeció al comprobar que lo que había sobre la moto vecina no era más que un muñeco de latón o algo similar.  Observó las otras motos; dos más a su izquierda y comprobó, impresionado, que los pilotos eran, también tipos atornillados sobre sus motos.

Soltó una carcajada nerviosa y se dispuso a mirar a su alrededor, en un intento de descubrir a quien, sin duda, le estaba gastando una broma de muy mal gusto y muy bien elaborada; pero antes de tener tiempo para pensar en nada más, el semáforo guiñó a verde y todas las motos se dispararon hacia delante, incluyendo la suya.  Los reflejos de Felipe evitaron que saliera disparado por los aires.

De esta manera, Felipe, sin saber cómo, “volaba” sobre su motocicleta a una velocidad que jamás hubiera soñado poder alcanzar.

Llovía con rabia y la velocidad, que no paraba de aumentar, convertía la lluvia en una cortina sobre su casco, que transformaba la visera en una especie de vidrio irregular.  Las lágrimas de Felipe corrían veloces hacia las orejas y el cuello, mientras en su cerebro se agitaban, como banderas, las imágenes de los muñecos de latón atornillados a las motos, y los pensamientos le linchaban el alma con ideas peregrinas y absurdas que le entrecortaban la respiración.  La muerte, pensó, tendría que ser algo parecido, y como en el “amor cortés”, un gran alivio.  En tal estado de nervios y de ánimo, le resultaba imposible sosegarse y utilizar su cerebro para intentar buscar una solución; -pero a qué- pensaba.  ¡Realmente ni siquiera sabía qué era lo que estaba pasando!  Y pensaba que si tuviera que explicárselo a alguien, no sabría ni cómo.

Armándose de valor, miró a su izquierda para ver si podía distinguir a un hombre disfrazado o si simplemente había sido objeto de una ilusión óptica, pero comprobó que se trataba del mismo muñeco de latón, o lo que fuera.  El horror que le produjo esa visión lo animó a girar hacia su derecha para cambiar de dirección y se dio cuenta de que estaba completamente inmovilizado sobre su motocicleta; que no podía echar el peso de su cuerpo sobre ninguno de los lados de la moto, y que tampoco podía mover el puño hacia delante o hacia sí, para aumentar o reducir la velocidad.  Tampoco el freno parecía funcionar.

Efectivamente, poco a poco empezó a sentir que se le entumecía el cuerpo y sólo sentía el terror invadiéndolo por las venas hasta el cerebro.  Imágenes de su vida se amontonaban ante su visera a tal velocidad que creyó enloquecer, y en un acto sublime de voluntad consiguió detener una imagen en su cerebro, que le trajo esperanza:  ¡No le podía quedar mucha más gasolina!  Por fin había logrado llegar a un pensamiento lógico.  Forzosamente, todo aquello tendría que acabar junto con la gasolina.  En cuanto al hecho de no poderse mover, pensó, se debería, seguramente, a los nervios, y al terror que le paralizaban el cerebro. 

Tras un frenazo seco de su moto, que no de él, quedó bloqueada su máquina, ante el repentino cambio a rojo de un semáforo.  Todos aquellos “acompañantes” frenaron junto a él.  Quitándole el contacto a su moto, para hacerse oír bien, se dirigió a ellos haciéndoles toda clase de preguntas, entre insultos y maldiciones; pero nadie le respondía y aunque llevaba un buen rato desahogándose, el semáforo seguía rojo y por allí no circulaba nadie.  Estaba ya más que harto de esperar; pues, la verdad, es que desde que se había levantado no había hecho otra cosa que perder el tiempo.  La impaciencia se convirtió en la ira que arrancó su motocicleta, momento en el cual, tanto ésta como las de aquellas latas motorizadas salieron disparadas, como si el hecho de haber arrancado su motocicleta hubiera activado a todas las demás.

Sin saber cómo, la moto de Felipe fue incrementando su velocidad hasta tal punto, que empezaba a ver los coches casi en sus propias narices; veía que se podría a estrellar y, sin embargo, las manos no le obedecían para accionar el freno.  Respirar empezaba a convertirse más en un trabajo que en algo natural y sentía cómo su motocicleta se inclinaba a derecha e izquierda, incontroladamente, mientras todo lo que veía enfrente de él  se convertía en una especie de masa heterogénea de colores móviles que volaban a su alrededor a una velocidad inverosímil y que, seguramente, correspondía a los coches que él iba adelantando a un ritmo frenético, sin saber ni cómo ni por qué. 

Felipe, sintiéndose mareado por aquel revoltijo de veloces colores que viajaban sobre el aburrido gris infinito y húmedo del asfalto, decidió cerrar los ojos resecos por el viento, pero no podía.  De hecho, no podía mover ni un solo músculo de su cuerpo, hasta que los propios colores empezaron a recobrar su perdida nitidez mientras el viento que le oprimía los pulmones parecía empezar a dejarse respirar.  Finalmente su moto, junto a la de los hombres de latón, paró, pero el aspecto de aquellos “hombres” no había variado en absoluto.

Derrotado, exhausto y abatido, y aún sobre su moto, Felipe les preguntó en voz baja y cansada:  -“¿Dónde estamos?”- pero ningún “latón” se digno a responder.

Enfurecido, bajó de su moto y se acercó a ellos.  –“¡Quítate eso!”- le gritaba al que tenía más cercano, refiriéndose a aquella especie de celada medieval que llevaba, pero el hombre permanecía tan inmóvil como mudo, como si no hubiese oído o visto nada.  Felipe, entonces, se acercó más a él y descubrió que por iris, tras la visera del casco, no tenía más que un poco de pintura marrón alrededor de la pupila, obviamente inexistente.  Perplejo, lo tocó y golpeó con cuidado, como quien llama a una puerta, y al comprobar que no era un hombre disfrazado, le invadió un terror incontrolable, invitándolo a llorar desesperanzadamente, temblando sobre el manillar de aquella especie de lata con forma humana.

Tras un esfuerzo sobrehumano por sobreponerse, se acercó a los demás para comprobar que eran exactamente iguales al primero y Felipe se volvió a derrumbar, esta vez, sentado en el suelo, hasta que decidió esforzarse por recuperar la calma.  –“Si al menos supiera dónde estoy”- se repetía tristemente; y levantaba la mirada, de vez en cuando, tratando de recibir una respuesta de los inexpresivos ojos de latón.  Se incorporó, confundido, y se dispuso a estudiar, con sus pupilas aún bañadas por la irritación, cuán meticulosamente aquellos cacharros malditos habían sido diseñados.

Observaba cómo aquellos dedos de lata tenían perfectamente marcadas unas articulaciones inútiles; que reposaban sobre los puños del manillar y que, curiosamente, carecían tanto de movimiento como de frenos.  Siguió estudiando la moto y comprobó que no contaba con ningún sistema de frenado, mientras con un ojo bien abierto al semáforo, tomaba precauciones por si aquellos aparatos mecánicos volvían a emprender la marcha, a toda velocidad, como había sucedido antes, aunque estaba claro que esas motos tenían que estar siendo puestas en marcha y frenadas por un mecanismo ajeno a las mismas.  Quizá estaban activadas por los propios semáforos, pensaba.

Los muslos, pies y coxis de sus “compañeros” estaban perfectamente encajados sobre la motocicleta.  Felipe intentó tirar con fuerza del individuo de lata, por ver su peso, pero éste parecía estar más que encajado, soldado. 

Sin embargo, aquel mecano estaba ahí, y tenía que sacar información de él, como fuera.  Trasteando, se encontró con una pieza del muñeco que se abría y sacó de ésta unos cuantos papeles que daban noticias de cómo habían sido construidos, tanto ellos como sus incrustadas motos.

Felipe se sintió aliviado por el hallazgo y se dispuso, sentado sobre un bordillo, a leer aquellos papeles que hablaban de su construcción; pero no los podía comprender.  Aquello hablaba, constantemente, de chips, y de otros asuntos informáticos y electrónicos; pero este tipo de términos escapaban a sus conocimientos.  Esperaba encontrar algo que tuviera que ver con mecánica; campo que le resultaba más familiar, pero aquello estaba repleto de palabrejas técnicas que él no podía comprender. Se sentía estúpido.  Es curioso cómo ante situaciones verdaderamente difíciles uno se siente no solo estúpido, sino culpable de serlo y merecedor de cualquier castigo, por ello, pero esperanzado con la posibilidad de algún tipo de misericordia.

Decidió tomarse todo el tiempo del mundo (desde que se había metido en ese lío, el tiempo parecía infinito y era lo único real que había encontrado) y comenzó por buscar el nombre de la empresa que los construía, y junto con el nombre de ésta (“Juegos Recreativos, S.A.”) encontró un número de teléfono; pero como todo lo que había en aquella ciudad no era más que un mero “decorado”, todo, incluyendo las cabinas telefónicas, menos el asfalto y los semáforos, era simulado.  Aquel número de teléfono, aunque un dato importante, no servía para nada.   

Continuó leyendo y se encontró con un párrafo que decía lo siguiente:  “Este motorista, con referencia MAD-50.309.116-C, ha sido introducido en el juego recreativo “La caja negra”, el día 15 de septiembre de 1973.  Dentro de dos meses, aproximadamente, habrá completado su transformación a “piloto de latón” (dependiendo, obviamente de su naturaleza física y psicológica, que es lo que nos importa aquí) y habrá concluido el período de adaptación requerido.  Será entonces, cuando le sea otorgada una motocicleta, con numeración propia, con la cual proseguirá su carrera interminable hacia la inmortalidad de una materia más fuerte e indestructible, ya que de “La caja negra” no se puede salir jamás, garantizando, de este modo, su perfecto estado, al no poder ser alterado ni contaminado por ningún elemento o agente externo.  “Juegos Recreativos, S.A.”, desea a sus clientes que disfruten de esta diversión”.

Felipe se quedó perplejo ante lo que sus sentidos le impedían creer.  No podía pensar y su intuición animal lo impulsó a montar sobre la motocicleta, una vez más, y escapar de todo aquello.  En cuanto arrancó, todos los demás motoristas empezaron a correr, automáticamente, tras él, que había decidido dejarse llevar por la fuerza de su moto y avanzar hacia donde fuese.

Sentado sobre su sillín, que cada vez sentía más duro, con la vista inmóvil al frente, sin mirar ni observar; sin mover un solo músculo de su cuerpo ni de su cara, tan sólo dejándose penetrar por una ciudad incomprensible e inevitable, sin saber qué otra solución buscar, casi sin poder pensar, sentía que ya todo le empezaba a dejar de importar; ya no sentía ni hambre ni frío, ni tenía ganas de luchar más.  Así se fue abandonando a un destino incierto, si es que éste existía, que lo dirigiese a su capricho.  No sentía sufrimiento alguno y pensó que si algo tenía que suceder, sucedería y que no le quedaba ya nada más que hacer, que dejarse llevar...

En efecto, se dejó llevar muy lejos...

Su vecina se lo agradeció.  Su jefe contrató a otro.  El despertador, tras ser cortada la electricidad de su casa, dejó de sonar.  Felipe quedó perdido, no se sabe dónde y, finalmente, para tantos, dejó de existir.

VALE.

K.

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