viernes, 21 de septiembre de 2012

“17cm más de autoestima”


Este ha sido el año del estirón, para mi chica, a punto de cumplir 15 el próximo día de Navidad.  Ha sido, hasta el momento, su año grande, por sus experiencias vividas, por lo que ha viajado, por la gente que ha conocido, por lo que ha madurado, por lo que ha comprendido, por lo que ha logrado, por lo que ha compartido, por lo que ha sabido sufrir y aguantar, por lo que ha disfrutado, por lo que ha descubierto, por lo que ha valorado, por lo que ha amado. 

En el mes de julio ya no tuve más remedio que claudicar y, yo misma, la llevé a que se abriera agujeros en esas orejas, que yo había mantenido intactas, para calzarse unos pendientes diminutos que no se podría quitar, en un mes y medio.  Pendientes de estrenar quedaban unas perlas que ella había conseguido que yo le comprara, y que estaba deseando llevar pegadas, o más bien incrustadas en sus orejas…  Pero para empezar, le habían aconsejado llevar unos del menor tamaño posible, así que habría que esperar otro poco más…  Ésto ha sido importante para ella…, y una gran alegría más, que se lleva.

Pero el colmo ha sido, arriesgándose a mi posible enfado, aprovechar las rebajas para comprarse, junto con sus amigas, con sus propios ahorros, y con más miedo que vergüenza, por lo que yo pudiera decir, unos botines marrones de ante, con unos cuatro centímetros de tacón, y se veía tan alta, tan guapa, tan estilizada... que la adrenalina se le escapaba a borbotones por una sonrisa, incapaz de ocultar esa blancura de dientes que tanto brillo dan a su indisimulable felicidad.  ¡Sólo le había hecho falta calzarse aquellos tacones para subirse a un mundo maravilloso!  (Por puro egoísmo, me hubiera encantado habérselos regalado yo misma, pero los que ella eligió eran perfectos, y, en el futuro, se sentirá orgullosa de sí misma cuando recuerde su “acto de valentía”, con quién y cómo los compró…). 

Antes de empezar el colegio, ella y su hermano pasaron por la peluquería, y junto con los tacones, esa misma tarde ambos lucieron sus nuevos peinados ante sus amigos.  Estaban encantados de conocerse y reconocerse… y la “desgracia” de la vuelta a clase pasó a un segundo plano tan lejano que casi, casi, desapareció…

La verdad inventada:  "17cm más de autoestima"


        

¡Nada como una boda para reciclarse y meterse en cintura…! 

Y Silvia tenía varias bodas a la vista; pero ésta no era una más; ésta era la boda de su mejor amiga, que se casaba con un italiano al que conoció en la bellísima Roma, durante su estancia allí, proporcionada por una beca Erasmus, durante el último año de carrera, que sin duda había sido, hasta el momento, el mejor regalo que había recibido en su vida… ¡Y que haya gente, todavía, que vaya diciendo por ahí que el Gobierno no sirve para nada…!!!

Recién acomodada en el avión, y tras colocar su enorme bolso bajo el asiento, Silvia comenzó a pensar en la suerte que había tenido su amiga Natalia.  Su novio, algo mayor que ella, trabajaba y tenía a la vista un futuro prometedor, una familia maravillosa, al menos de momento, y un buen puñado de amigos que le pintaban la vida de colores fuertes y brillantes, en un país tan cercano, tan cercano, que ya era el suyo. 

Silvia se preguntaba por qué a ella la habían tenido que mandar a Alemania, con esa gente tan seria, de lengua imposible…  De Alemania se había llevado también muchas cosas estupendas, y un ramillete de amigos extranjeros, aunque ninguno alemán, pero sobre todo, la certeza de saberse, sin duda alguna, latina, latina, latina…  Y se preguntaba, también, por qué la suerte se repartía así, aunque, desde luego, Natalia se merecía y sin condiciones, la parte que le había tocado.  De todas formas, ella tampoco se podía quejar, pero...  No obstante, y aunque en el reparto no le hubiera tocado la parte más deseada, quizá ésta iba a ser la oportunidad de su vida…  Lo que tenía bien claro es que esta boda la iba a disfrutar al máximo.  Pensaba, además, que aún podría darse el caso de que conociera a alguien, latino, latino, latino…  

Tampoco sería la primera vez que de una boda saliera otra; vamos, que conocía ya más de un caso…  Le apetecía tanto, además, poder seguir disfrutando de la compañía real y tangible de su amiga, cuerpo a cuerpo, por así decirlo y no vía Internet, a través de Facebook, Twitter o Skype...  Aunque, a través de Skype, precisamente, había conocido a varios de los nuevos amigos de Natalia, con los que ya había tenido oportunidad de hablar, en una ocasión en la que, entrando en contacto con su amiga por Skype, interrumpió la sobremesa que Natalia compartía aquella noche con su novio y sus amigos. ¡Fue tan gracioso y tan divertido!  A su novio, Federico, ya lo había conocido y visto en varias ocasiones, en Madrid.   Le resultaba imposible aceptar que la vida se empeñase en poner tanta distancia entre ellas y Silvia estaba dispuesta a “desfacer tal entuerto” porque, realmente, la echaba enormemente de menos.

Habían pasado ya meses desde el anuncio de la boda y Silvia había tenido tiempo para prepararse bien el viaje.  Lo primero que hizo fue comprar los billetes de avión, por Internet, ahorrándose un dinerito, y reservar el hotel.  Además, tenía que contar con los gastos del vestido, los complementos, el regalo…  Le iba a salir aquello por la tapa de los sesos, pero era su amiga del alma y le había contado tantas cosas de Roma, de la vida allí, de sus amigos…  Ésta, sin duda, tendría que ser una de esas oportunidades que da la vida; se lo decía el corazón, aunque sólo fuera para tener algo que contar mientras te mueres de vieja, y ella no estaba dispuesta, por nada del mundo, a perdérsela.  Es más; había decidido que iba a lucir lo mejor de sí misma en aquella ocasión y que iba a poner toda la carne en el asador.  Para empezar, había conseguido que la empresa le permitiera disfrutar sus vacaciones de 15 de agosto a 15 de septiembre, ya que la boda iba a tener lugar a principios de este último mes.

Decidió adelgazar el par de kilos de más que le permitirían enfundarse cómodamente el vestido al que ya le había echado el ojo y que se complementaba, increíblemente bien, con unos elegantísimos y altos zapatos, que la elevaban al mismísimo cielo que ella tenía la determinación de tocar, a ser posible, robándole un trozo para guardarlo en su bolsillo más interior… 

No sólo había adelgazado, a pesar de que en realidad no lo necesitaba, sino que además había pasado todo el año estudiando italiano en una academia; tres veces por semana, veía la RAI para estar al tanto de lo que ocurría en Italia (lo cual, con los programitas que se gastan…  Hay que decir que tiene mucho mérito), veía películas en italiano, había leído sobre Roma y sus innumerables monumentos (que ya es mucho leer…) y también sobre todo lo que tuviera que ver con el Imperio Romano, (lectura tras la cual aseveraba que llevaba en el alma y en los genes la profunda huella que los romanos habían dejado clavada en la península ibérica, hace ya tantos siglos); vamos, casi nada... 

Teniendo en cuenta que, además de poseer una simpatía natural arrolladora era una gran conversadora, con tanta información acumulada iba a tener conversación que dar, para rato…  Por conocer, se conocía hasta el callejero de Roma; no como un taxista, pero desde luego con la soltura suficiente como para moverse por el centro, alrededores de la iglesia y por el lugar donde luego se celebraría la ceremonia, que estaba cerca del hotel elegido, como si ya hubiera pasado por ahí innumerables veces. 

La cuestión gastronómica tampoco la había dejado al aire.  Conocía todos los platos italianos; no sólo por sus nombres italianos, sino también por su contenido y ¡hasta con sus precios aproximados!  Desde que su amiga se había ido, se había convertido en una internauta empedernida y se había metido en las páginas web de numerosos restaurantes romanos a los que quizá podría tener la oportunidad de ir los cinco días posteriores a la boda que ella tenía previsto quedarse en Roma, aprovechando la ocasión;  y siempre que quedaba para cenar procuraba convencer a sus amigos para ir a algún italiano, donde nunca repetía menú. 

Se había estado empapando de cultura italiana casi de manera obsesiva, pero ella se defendía diciendo que siempre había sido bastante perfeccionista y que no era más que eso; y que además, se trataba más bien de una ilusión; que tampoco estaba todo el día viendo la RAI ni dispuesta a aprender a cocinar nada más allá de los spagueti “a la Falsaria”, como ella decía, refiriéndose a las fantásticas recetas que sacaba habitualmente de la página web de Falsarius Chef, de quien era fan acérrima…  También conocía bien el trayecto que haría el avión y estaba deseando verlo todo desde las alturas.

Mientras el resto del pasaje iba guardando sus maletas en los cubículos de la parte superior del avión, por encima de los asientos, y acomodándose en los mismos, se escuchaban los “clicks” de los cinturones de seguridad que parecían indicarle no sólo la proximidad del despegue del avión, sino también el de su propia vida.  Allí, encajonada en el asiento que lindaba con la ventanilla (illa, illa, illa, por lo diminuta que es, cuando se quiere ver tanto), iba rememorando todos los buenos ratos de risas y de llantos que había disfrutado junto a su amiga del alma, a la que sólo la beca Erasmus había separado desde que ella tenía memoria.

La compañía elegida para tan altos vuelos era de “bajo coste”, y espacio bien reducido, pero desde luego el avión estaba saliendo a la hora exacta, lo cual era muy de agradecer, sobre todo, porque tras poner bajo el asiento (y parte del asiento delantero) su enorme bolso que, entre muchas otras cosas contenía su “Aspirina” (así llamaba a su Ipad, porque decía que le quitaba todos sus males), casi no le quedaba espacio para encajonar sus largas piernas.  De forma que cuanto antes llegaran, mejor.  El día era soleado y desde aquel ventanuco iba a contemplar, en pocos minutos, su propio ascenso a los cielos.  Todo tenía que salir bien.  No había más vuelta de hoja:  ahora tocaba volar...

La azafata recordó, entre otras cosas, que, por el momento, el cinturón tenía que estar abrochado y los respaldos de los asientos rectos.  El avión comenzó a tomar velocidad para despegarse del suelo y elevarse muy por encima de las nubes, hasta llegar a la altura de los sueños de Silvia, con la esperanza de convertidos en realidad.  Le emocionaba sentir la fuerza de la velocidad abrazándola contra el respaldo del asiento con todo su ahínco, mientras la adrenalina le subía, de los pies hasta el cerebro, como empujada por el propio impulso del avión.

Ya bien en alto, mientras repasaba mentalmente lo que había metido en la maleta, por supuesto de tamaño suficiente como para tener que ir facturada, la azafata se dispuso a explicar las instrucciones de salvamento y todo ese rollito que escuchamos en varios idiomas, y que ya casi nos sabemos de memoria.  Todo el mundo obedece a la azafata, como si fuera parte de un curioso ritual, para finalizar contándonos que en el respaldo de los asientos se puede encontrar el menú y que a continuación va a pasar para ofrecernos sus productos.

Todo lo que llevaba en la maleta y también lo que llevaba puesto estaba minuciosamente estudiado.  Aunque sólo necesitaba equipaje para seis días, en el que se incluía el modelito de la boda, llevaba los veintitrés kilos que le permitía la aerolínea, entre ropas, zapatos, accesorios y cachivaches; toda una colección de lo que ella llamaba los “por-si-acasos”:  por si acaso me mancho, por si acaso hace frío, por si acaso hace calor, por si acaso voy aquí o allá…  Yendo por el recuento de joyas, la amable azafata la interrumpió para preguntarle si quería algo, y le pidió una taza de café, que le sirvió de inmediato.

El resto del pasaje hacía lo propio, o lo impropio de siempre:  unos miran el menú, otros sacan un libro o el periódico, otros miramos por la ventana, otros entablan una charla con su acompañante, sacan el portátil, o sencillamente se duermen, y siempre hay uno o una; siempre UNO o UNA, siempre, que, sin el menor escrúpulo o consideración decide echar el respaldo de su asiento hacia atrás.

Llevaba Silvia unos vaqueros algo ceñidos, pero sin apretujamientos, como premio a su delgadez, que resaltaban la figura formidable que ya tenía y una camisa blanca inmaculada y perfectamente planchada que le añadía un porte distinguido resaltado, además, por una americana entallada, nada común, que obligaba a todo bicho viviente a sujetarse, cada cual como podía, el rabillo del ojo más cercano a la imagen de Silvia, antes de que el mismo pudiese despegar de su órbita para salir volando y no volver jamás…  Como se podrá comprender, la melena larga y perfectamente peinada y aquellos maravillosos zapatos de siete centímetros de tacón, acompañaban al cinturón y bolso, de la misma índole, que completaban en conjunto, a la chica, convirtiéndola en un espectáculo de elegancia viva y puro refinamiento, ganado a pulso.  

La taza de café estaba llena, casi hasta el borde y para asegurarse de que no se manchaba, Silvia se irguió, y avanzó su cabeza para llevar los labios sobre el filo de la taza de manera que ésta no perdiera verticalidad alguna, pero en ese momento, esa UNA que, sin el menor escrúpulo o consideración decide echar el respaldo de su asiento hacia atrás, hizo lo propio, propiciándole tal empujón a Silvia en la mano, que parte del café salió por los aires, cayendo sobre la pierna izquierda y manchando el pantalón del viajero que tenía justo a su derecha…

Silvia hizo un gesto con los brazos que la levantó del asiento, ayudándola a separar del sillón su cuerpo, que quedó apretujado contra la ventanilla, y así evitó el desastre que casi le cuesta la vida…  Al intentar recolocarse en su sillón tras comprobar que su compañero de habitáculo había terminado de recoger, con la servilleta, el goteo de café que aún caía desde la bandeja de Silvia, le dio un empujón, sin querer, al asiento asesino, y luego pensó que le iba a recompensar mucho más hacerlo “queriendo”, y así la emprendió a empellones contra el respaldo del asiento delantero, hasta que la señora que lo ocupaba se levantó para quejarse, llamándola maleducada, por no haberle pedido, “por favor”, que levantase el respaldo, en lugar de comportarse como una energúmena…  El caso es que la señora decidió levantarlo…

Aunque el asunto había sido algo violento, la azafata, que vino en seguida a ver qué pasaba, le dio la razón a Silvia, alegando que se le había caído todo el café encima, mientras la UNA seguía despotricando.  La verdad es que a pesar de la violencia, Silvia no se arrepentía de lo que había hecho, ya que tenía la certeza de que pedirle a estos semovientes a quienes, al montarse en un avión se les sube automáticamente el ego al morro de la nave, que hagan el favor de volver a enderezar el respaldo, porque como estornudes te puedes romper la nariz con el mismo, es como hablar con un asno disecado por falta de cerebro:  La respuesta será sin duda que “estoy en mi perfecto derecho de echarlo para atrás, como puede hacerlo el que está delante de mí, y yo me tendría que aguantar, así que lo siento…” .  Lo cierto es que siempre hay UNO o UNA, y no más, que hacen semejante cosa, y esta vez le tenía que haber tocado a Silvia…

Enseguida le trajeron otro café que esta vez se bebió de un trago, como el que bebe de un botijo, asegurándose de no tener que lamentarlo después…  La semoviente se calló y se puso a dormitar.  

Ya, más tranquila, Silvia retornó a su recuento y rememoración de las joyas que, por cierto llevaba consigo en el bolso.  Acabado este capítulo se dispuso a hacer repaso de los perfumes que traía y del maquillaje.  Se había comprado unas brochas nuevas que recomendaba “Isasaweis.com”, donde había aprendido, además un buen truco para aplicarse la sombra de ojos, sacándose el mayor partido.  Muy acostumbrada a maquillarse ella misma, tenía muy claro que nadie lo iba a hacer mejor.  Estaba segura de llevarlo todo en la maleta mientras intentaba alejar cualquier pensamiento negativo que la llevara a imaginar la pérdida de la misma…

En cuanto al capítulo del peinado, lo había resuelto increíblemente bien y de una manera casi surrealista.  La boda era un sábado, y las peluquerías que había visitado en Internet, cerca del hotel, o eran muy de andar por casa o no le aseguraban que pudieran atenderla a una hora exacta.  Tampoco estaba muy segura de que la fueran a peinar logrando el estilo que ella quería.  Pero, navegando, tuvo la suerte inmensa de dar con una página en Internet llamada “sabesde.com”, que fue su salvación. 

¡Resulta que en “sabesde.com” tú ofreces una determinada cantidad de dinero para que alguien realice una tarea concreta, y a través de esta página, alguien se pone en contacto contigo ofreciéndote el servicio!  Así, después de un par de semanas descartando candidatos (en Italia también hay paro…), dio con Addolorata, una romana que la iba a peinar ese mismo sábado, en la propia habitación de su hotel, a la hora solicitada, llevando ella misma todos los artilugios necesarios, ¡y hasta se había ofrecido a darle un masaje facial! 

A la pobre italiana la tenía ya tan mareada que decidió aumentarle la cantidad ofertada de dinero por el servicio de peluquería en cuestión, para asegurarse de que no le fallara.  Tras muchas conversaciones con ella, en su recién estrenado italiano, mezclado con algo de español, decidió mostrarle, a través de un vídeo que le mandó por e-mail, su cabellera recién peinada por un peluquero de Madrid, y la chica le aseguró que podía hacerlo igual.  No obstante, para cerciorarse, y tranquilizar sus nervios, Silvia le pidió que consiguiera a alguien por ahí con una melena similar y grabara el proceso en vídeo para mandárselo a ella, y darle el visto bueno.  A cambio, le mandaría una transferencia por el importe pactado.  Addolorata, encantada de recibir el dinerito, buscó una cabeza ajena a la que hacerle el peinado y le juró, por toda su parentela, que no le iba a fallar.  Poco antes de subir al avión le había mandado un Whats App, para mayor tranquilidad, y Addolorata le contestó de inmediato, diciéndole que la estaba esperando ya.  Además, antes de empezar a peinarla, le pintaría las uñas, y, mientras éstas se secaban, le daría el masaje facial.  Silvia, por supuesto, ya llevaba hecha la manicura, pero, por si las moscas, se había traído el esmalte de uñas.

Tras observar un buen rato el trayecto por la ventanilla, aterrizaron estupendamente y recuperó su valiosísima maleta.  A la salida del aeropuerto estaba su amiga esperándola junto a Federico, pero la emoción al verla fue tan fuerte que se tiró directamente hacia ella para darle un abrazo chillado y saltón, ignorando por completo al pobre Federico que, por un momento, había quedado invisible, tras el anhelado encuentro de las amigas.  En su gracioso italiano, Silvia se excusó y llegaron hasta el parking para guardar la maleta en el coche y dirigirse al hotel. 

Una vez allí, Federico se despidió, hasta la noche, cuando las volvería a ver en la fiesta que uno de sus hermanos les había preparado en su maravilloso y romano ático.  Las dos amigas se quedaron solas y de inmediato se dispusieron a sacarlo todo de la maleta para recolocarlo en el armario y los cajones, entre besos, risas, parloteos y una inmensa alegría que perfumaba el aire como vehículo de contagio a cualquiera que las oyera.  Luego se fueron a comer, y sobre todo a hablar sin parar, como si nada ni nadie existiese a su alrededor; como si estuviesen solas, pero la verdad es que despertaban la curiosidad y la alegría de la gente que las miraba y que se contagiaba de su buen humor.

Después de comer, Natalia se despidió de Silvia, citándola a las 20’30 para recogerla y llevarla a casa del hermano de Federico, pero ella insistió en que le diera la dirección para llegar en taxi, porque sabía que Natalia ya tenía bastante lío atendiendo a su propia familia y ultimando algunas cosas que le quedaban por hacer, y lo mismo le ocurría a Federico.  Tras una pelea simpática, en eso quedaron y así lo hizo.

Antes de subir a su habitación, Silvia pasó por Recepción para pedir que le subiesen una plancha y una tabla, donde retocó todo su vestuario, que volvió a guardar cuidadosamente en el armario, y se echó a dormir hasta que sonó la alarma de su móvil, con tiempo suficiente como para tomarse un café y darse una ducha (con mucho cuidado de no mojarse el pelo), arreglarse, ponerse el siguiente modelito de la lista y calzarse otro estupendo par de zapatos de tacón.   A las 20’30, y una vez preparada, y pasada la revista ante el espejo, hizo llamar a un taxi que la recogió y llevó a la dirección indicada, donde llegó con el retraso previsto de diez minutos, (no fue mayor, porque el taxista era italiano, y por lo tanto, incapaz de moderar la velocidad) asegurándose, así, de que su amiga ya estuviera ahí para recibirla, como ocurrió.

Ni que decir tiene que iba espléndida, como era su costumbre y empezaba a hacer uso de su italiano mientras era presentada a unos y a otros; lengua que iba a tener la oportunidad casi de perfeccionar, pues nada más entrar, derrochando su natural alegría y simpatía por doquier, estaba claro que no le iba a faltar compañía en momento alguno…  Tanto la cena como la fiesta habían sido una gozada y ella se había hartado de disfrutar.  Cuando volvió al hotel y se bajó de sus siete centímetros de tacón comprendió que el aterrizaje había sido formidable. 

¡Qué pena que en seis días todo se tuviera que acabar!  Mientras de desmaquillaba, pensaba que si existiera una fórmula para parar el tiempo, desde luego lo daría todo y echaría el resto para lograrlo en ese instante…  Cayó como un fardo sobre la cama y durmió como una bendita hasta que el despertador de su móvil volvió a sonar.

A la mañana siguiente se levantó.  Envuelta en pura ilusión, se duchó, se puso unos vaqueros y bajó a desayunar.  Luego subió, se cepilló bien los dientes y empezó a preparar todo lo que iba a llevar puesto en la boda.  Al rato, llegó Addolorata, a la hora en punto, ¡como si fuese inglesa! 

Tras un par de besos y unas cuantas risas (hablando, como si fuesen amigas de toda la vida y preguntándose por la salud y la familia), se pusieron manos a la obra:  Ya cubierta con una bata, se arrodilló, asomando la cabeza al interior de la bañera, y Addolorata comenzó a lavarle el pelo.  (Es una suerte que ese trance no se tenga que pasar arrodillada en las peluquerías…).  Luego le recogió la melena en una toalla, a modo de turbante y comenzó con la manicura, para seguir con el masaje facial (con el que casi se durmió) y tras secarle el pelo, le hizo un peinado espectacular, efectivamente; lo que le valió, no sólo cobrar lo pactado, sino además una hermosa propina y un par de besos que casi le rompen las mejillas…, y se fue tan contenta, después de unos diez minutos de despedida, ante la puerta abierta de la habitación…

Dejando pasar algo más de tiempo, Silvia decidió empezar a pintarse, con esa luz tan buena que entraba por la ventana del cuarto de baño.  Luego volvió a la habitación y se sentó a ver la televisión, envuelta en su bata, hasta que se acercó lo suficiente el momento de salir para dirigirse a la celebración.  Se perfumó y se puso el vestido.  Se pintó los labios y comprobó que dentro del bolso estaba todo lo que necesitaba llevar, guardando ahí su móvil y barra de labios y finalmente, como parte más importante del ritual, se alzó sobre aquellos bellísimos y formidables pedestales de 17cm de tacón, que parecían tener el poder mágico de elevarle la autoestima a razón de un metro por centímetro.  Cogió su bolso, se miró en el espejo, se dio el visto bueno y salió de la habitación pisando alto y fuerte sobre la moqueta que, a su paso, iba recibiendo las marcas de sus afilados tacones, como si fueran los ósculos de una diosa griega.  Así se sentía:  en condiciones para entrar a matar…

En efecto; unos tacones de 17cm tienen la capacidad de transformar a cualquiera.   No sólo cambian tu perspectiva a la hora de ver el mundo “desde lo alto”, sino que te cambian la forma de moverte y lanzar los pies hacia adelante al dar los pasos.  Por cambiar, cambian hasta el punto de gravedad de tu propio cuerpo y de tu cerebro… 

Aunque los pasos son más cortos, ya que debido a la tensión del empeine, completamente estirado, el talón de Aquiles está completamente encogido, la zancada, sin embargo parece más airosa porque el estiramiento del empeine fuerza a la pierna, que queda completamente extendida al caminar, lo que produce una especie de “efecto jirafa”, de andares lentos pero largos y elegantes, que permiten la exhibición completa de la pierna, que se muestra alargando y adelgazándose increíblemente.

Se camina, además con muchísimo más cuidado, por temor a una torcedura de tobillo, que, de pisar mal, podría virar desde una altura muy superior a la habitual, lo que, con suma facilidad, acabaría en esguince…  Puedo asegurar que cuando se llevan 17cm de tacón no hay media que se rompa…  

En general, además, todos los movimientos del cuerpo cambian y se vuelven más elegantes, porque al variar el centro de gravedad no se puede echar el cuerpo hacia adelante, con lo cual, para agacharte, no te queda otra que doblar las rodillas, como si fueras a hacer una genuflexión, que es mucho más elegante que doblar la cintura, como normalmente nos pide el cuerpo, dejando el trasero poco menos que en pompa…  Con 17cm de tacón, puedo asegurar que el trasero, que queda algo más respingón, está siempre completamente en su sitio…: al principio o al final, según se mire, de una espalda que queda absolutamente recta y alineada con la nuca que, por motivos de seguridad, queda situada sobre un cuello perfectamente erguido y tieso, lo cual, y así hay que admitirlo, mejora aún más el porte. 

17cm no sólo te varían la estatura del cuerpo, sino que te mejoran el talle y sobre todo la autoestima, aunque curiosamente camines como si fueras subnormal…  Andas como aquellas desgraciadas chinitas, víctimas de la barbarie de su sociedad, pero con más estilo y elegancia, sin duda.  Sin embargo, todo tiene un precio, y como aquellas chinitas, se sufre… lo que muchos no podrían imaginar…  Caminar con el pie metido en una horma incomprensible y absurda, no es una tontería…

Sobre aquel pedestal de 17cm de felicidad, Silvia parecía un silbido, tanto la estilizaban aquellos zapatos y su figura.  A pesar de que a los quince minutos de llevar aquello puesto ya tenía los dedos de los pies medio encorvados, dentro de aquellos zapatos, y dormidos, la felicidad le subía pierna arriba hasta el cerebro, bombilla que iluminaba su sonrisa y su mirada.  Para qué molestarme en dar cuenta de su éxito social en aquella boda…  Sólo decir que a las seis de la mañana, cuando Cesare, o Luca, o ¿fue Giacomo?, o Pietro, o Luigi, o Giuliano, o el que fuera la acompañó hasta su hotel, ya no sabía ni dónde tenía los pies…

Había aguantado el calzado durante toda la noche:  ¡antes morir que descalzarse!  Haberse quitado esos zapatos  le hubiera arrancado el encanto tanto como haberse quedado repentinamente calva…  De ninguna manera estaba ella dispuesta a algo así.  Además, parece que no está mal sentir algo de dolor mientras se disfruta tanto.  Con semejantes zapatos puestos, no hace falta que nadie te ande pellizcando para hacerte saber que no estás soñando…

En efecto, aguantó todo el cocktail sobre aquellos pedestales.  Luego pudo descansar durante la cena, en la que se mantuvo firme y no se los quitó, ni sacó los talones fuera, como hace tanta gente, no por falta de ganas, sino por miedo a no ser capaz de volvérselos a calzar.  Y se hartó de bailar, a esa altura, con toda soltura, eso sí, persuadiendo, de vez en cuando, al de turno, para tomar alguna copita sentada disfrutando de divertidas conversaciones y aprovechando para intercambiar números de teléfono y direcciones de correo electrónico...

La noche no pudo ser más maravillosa.  Ella no había sido la novia… ¡pero se sentía como una diosa!  Y aquellos 17cm, con todo el peligro que pudieran suponer, habían tenido mucho que ver con la magia de aquella noche, por la enorme seguridad que, curiosamente, le aportaban.

Por fin, llegó el momento, ya en la soledad de su habitación, de descalzarse.  Se sentó en la cama (para lo cual tuvo que bajar mucho), y se sacó aquellos zapatos incrustados en sus pies.  Los besó, como se besa a un gran amigo que te ha hecho un gran favor, y los posó sobre la alfombra.  A continuación fue a posarse ella también, sobre la misma, pero le era imposible poner los pies en el suelo, como si éstos hubieran adquirido la rigidez de la forma de los zapatos.  Poco a poco fue intentando poner el talón a la altura de los dedos de los pies, que parecían querer empezar a despertar, pero el dolor en el empeine y en la planta del pie tras los dedos y en el talón de Aquiles era insoportable.  Le resultaba, absolutamente imposible andar apoyando el pie completo sobre el suelo, así que volvió a calzarse los 17cm de tacón para recoger, del armario, los zapatos de siete centímetros, y eso ya fue otra cosa.  Así, tras quitarse las joyas, pudo quitarse el vestido y desmaquillarse y se metió en la cama, dejando los zapatos de tacón de siete centímetros al lado, como si fueran las zapatillas de estar por casa, con la esperanza de que a la mañana siguiente sus pies quisieran responder de mejor manera…

Ya en la cama, y como era su costumbre, iba repasando todo lo que le había pasado, desde que había aterrizado en Roma, y se sentía inmensamente feliz.  ¡Tenía hasta ganas de llorar, con la certeza de que aquello no podría ser real, aunque lo fuera!  Ya tenía la agenda poco menos que completa para los cinco días restantes de su estancia en aquel maravilloso país, con comidas, cenas, visitas aquí y allá, y hasta una entrevista de trabajo de un señor que, tras escucharla hablar sobre su propio curriculum y su actual trabajo en Madrid, le había ofrecido la posibilidad de retirarla del mismo, para empezar a trabajar en su empresa, con un puesto infinitamente mejor y en un ámbito que a Silvia la llenaba muchísimo más.  Pero durante las bodas, y en caliente, se dicen tantas cosas…  No obstante, le había dado una fecha y una dirección, y ella se iba a presentar, por si las moscas… 

Ya al alba, y antes de quedarse dormida, le sobrevino una llantina absurda, como si le llegara de los pies, mientras recordaba y resumía, en su mente, su estado de ánimo actual, y robándole las palabras al mismísimo Cervantes, rezó:

     "La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventeba por las cinchas del caballo".

Y así, cayó en un sueño profundo y dulce.

VALE.

K.  





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