miércoles, 20 de marzo de 2013

"La casa sin paredes"


La vida de los demás puede resultarnos verdaderamente extraordinaria y distinta a la nuestra; hasta inimaginable.  A veces, parece que viviéramos en planetas distintos, o en distinta sincronía.  Pero mientras la realidad de unos puede ser incomprensible para otros, el sentimiento siempre es igual para todos, cargado con idéntica fuerza, a la hora de menearnos cada una de las circunvalaciones más recónditas del alma, que llevamos aposentadas en el cerebro, para recorrer nuestra espina dorsal desde la nuca hasta el infinito de los tiempos...  No importan, aquí, las diferencias de costumbres, educación, cultura, la forma de vivir el día-a-día y la noche-a-noche…  Es más, yo diría que no es la RAZÓN, sino un determinado SENTIMIENTO, lo que, finalmente, nos impulsa a cambiar una situación.  Nos lanza la pena, la alegría, el dolor, la rabia, el amor, la impotencia…

Conociendo el resultado trágico de algunos desahucios, me pregunto si no nos baila una letra cuando decimos que “la cara es el espejo del alma”, en lugar de “la casa es el espejo del alma”.  A algunos, parece que con la casa se les va también el alma…  Si rematamos sustituyendo la palabra “casa” por “vivienda” (bonito sinónimo), la cosa termina rezando:  “La vivienda es el espejo del alma”.  Algo de eso debe de haber, porque alberga lo más privado, profundo, intenso y real de nosotros mismos.  Perder la “VIVIENDA” significa perder mucho:  para algunos, la misma vida…  Se dice que soñar con la casa significa soñar con uno mismo…  Perder la vivienda y no tener dónde ir debe producir una sensación parecida a la incapacidad de reconocerte en el espejo; una especie de Alzheimer artificial, tan inhumano como el impuesto por esa naturaleza cruel e implacable, que te destroza la “vivienda” del cerebro.

Charlando con una señora, de “planeta” muy distinto a la mío, comprendí, que la sensación de seguridad que tienes en tu casa, no te la da el recinto cerrado que forman sus paredes, sino la fuerza que en ella habita.



LA VERDAD INVENTADA:  “LA CASA SIN PAREDES”


                                                        A tantas mujeres enormes
                                                                              de enorme valor.

I

¡Qué fastidio y qué alegría, pagarle, por fin, al Notario!  ¡Quién me lo hubiera dicho nunca!  Pero sí, éste penúltimo pago me permite inscribirla en el Registro de la Propiedad ¡A MI NOMBRE!  Y en este momento, mientras me dirijo a la Notaría, me acuerdo tanto, pero tanto, de mis padres, que no puedo reprimir una lágrima gooooorda de amor y satisfacción ajenos, que les pertenece a ellos.  ¡Si pudieran verme...!  Ya lo hago yo por ellos, aunque sólo sea para hacerme la ilusión de que les he podido dar esta última satisfacción…  A ellos, a quienes siento tan cerca, les dedico este triunfo y los futuros triunfos de mis hijos.  Pero bueno, esta casa es para que mi familia tenga una vida mejor que la mía, con la esperanza de que esta vivienda de ladrillo, con todas sus paredes, ventanas y puertas, los mantenga siempre unidos y a salvo, y que nunca les falte de nada para que puedan estudiar:  se lo debo a mis padres, a mis hijos y a mí misma, y lo voy a cumplir, como sea. 

¡Si el Notario supiera el triunfo que esta escritura significa para mí, me recibiría con trompetas y champagne!  Eso sí, le agradecí mucho su felicitación y buen trato, y que me dijera algo que nunca hubiera esperado de nadie:  “es usted una mujer admirable; puede estar muy orgullosa de sí misma”.  Me sorprendí emocionándome con ese comentario que recibí como una caricia en el alma, porque es verdad:  ¡Y nunca recurrí ni a un banco, ni a nadie para comprarla!  Sin duda, esta escritura pública es, como resultado de mi esfuerzo, un premio caro pero también el más merecido y valioso que pudiera permitirme nunca.

Aunque hubiera preferido gastarme el dinero en otra cosa, y no en el Notario, la verdad es que tener un papel, en el que un señor, cuya palabra firmada es ley, asevera que esa casa es mía y sólo mía, hasta que me muera, y que nadie en el mundo pueda rebatir semejante afirmación, ya sea el Papa de Roma, me proporciona tanta seguridad y felicidad como la casa sin paredes de mis padres; por lo que bien merece la pena este penúltimo pago que realizo con agrado.  El último lo haré en el Registro de la Propiedad, donde quedará registrada, A MI NOMBRE y PARA SIEMPRE, MI PROPIEDAD.

II

Yo nací y viví en una casa sin paredes, la de mis padres, se puede decir que en mitad del bosque.  Era una casa bien bonita, en la que nos refugiábamos mis dos hermanos y yo, junto a ellos.  Allí teníamos una cama grande y algunas cobijas, un par de pucheros, y una mesa baja que había hecho mi padre, con un tablón apoyado sobre cuatro trozos anchos de madera.  Con troncos grandes había esculpido sillas, con su respaldo y todo. 

Aunque no tenía paredes, el techo era absolutamente compacto y no lo traspasaba ni el sol, ni la lluvia.  No importaba cuál fuera la fuerza del agua, ni que lloviera todos los días; jamás entraba una gota.  Bien es cierto que se pasaba la vida vigilándolo de cerca, para asegurarse de que las hojas y las ramas que lo formaban permaneciesen en perfecto estado, cambiándolas o añadiendo otras, cuando era necesario, tal y como lo había aprendido de su padre, durante sus primeros ocho años de vida.  Estaba claro que aquel techo significaba mucho para él y lo cuidaba con auténtico mimo y amor. 

La casa no tenía electricidad, pero quedaba iluminada por la propia lumbre que utilizábamos para cocinar y por lámparas de aceite y velas que él conseguía comprar a bajo precio.  Tampoco teníamos agua corriente, pero consiguió hacerse con un enorme bidón, que anexionó a la casa, y que contaba con un pequeño grifo en la parte inferior, por donde liberábamos el agua que quedaba contenida durante las lluvias, y así no teníamos que ir al río o a la fuente del poblado a buscarla, al menos en invierno. 

En cuanto a las no-paredes, la verdad es que jamás las había echado en falta; es más, ni siquiera se me había ocurrido que faltasen, hasta que, tiempo después, las vi “puestas” en las viviendas de ladrillo, parecidas a la que yo he comprado ahora para mis hijitos, aunque aquellas eran algo más pobres, sin puertas ni ventanas, y con el suelo de tierra.  La casa sin paredes de mis padres era una casa lindísima, donde me sentía segura, al calor de mi familia.  Allí fui muy feliz.

III

Antes de cumplir los nueve años, aproximadamente, mi abuelo decidió vender a mi padre a un hombre que pasaba con su ganado, de vez en cuando por la zona donde vivíamos, vendiendo víveres y algunos otros artículos.  Mi padre tuvo, por lo tanto, que despedirse de los suyos y de sus hermanos para pasar unos cuantos años a las órdenes de su primer patrón, bajo el techo que cobijaba a los animales de los que se tenía que encargar a diario.

En su momento, no tuvo más remedio que acatar la decisión de su progenitor, por muy incomprensible que le pareciera.  Sin embargo, a sus ocho años ya era consciente de la enorme necesidad de dinero que tenía su familia.  Sufrió esta puñalada de la vida con un escozor y un dolor profundo, que pronto acabó con todas las lágrimas que sus ojos pudieron vomitar.  Jamás fue capaz de perdonarle ésto a su padre, del cual apenas nos habló nunca.  Así, mi padre aprendió pronto que el dolor es algo que uno termina por vencer… y que la vida sigue, y de él aprendí que el dolor es un amo que espera una respuesta de obligada satisfacción, y que no cesa hasta que cumples con su demanda.  Por eso nunca hay que rendirse.

Mi padre aprendía pronto todo nuevo oficio que se le exigiera.  Pero, por mucho que cumpliera, siembre había alguna bestia resabiada jugándole al muchachito alguna que otra pasada, que luego lamentaba en sus propias carnes soportando los malos tratos del patrón.  Tampoco era necesario que hiciera nada mal para que éste, de vez en cuando, sacudiera toda su frustración, sin venir a cuento, sobre mi padre, o bien la patrona se desahogaba arrojando sobre el chico toda su ira acumulada.   Así, día tras día, fue aprendiendo todo lo que pudo, y una noche, al cabo de los años, el sufrimiento soportado, por la pésima vida que le daban, le exigió una respuesta a su situación que lo movió a escaparse, hasta donde sus pasos lo llevasen.

Sufrió penurias y miserias de toda índole, hasta que un día, traspasado por el hambre, dejó escurrir, pared abajo, su lastimero cuerpo hasta el suelo, y abandonándose sobre el lodo de la calle, vio cómo un hombre la emprendía a estacazos contra una mujer amarrada a un hato de ropa que se negaba a soltar.  Algo en su interior lo levantó del barro y con toda la rabia que había acumulado durante los últimos años, reventándole en los lagrimales de los ojos, cogió un palo que encontró en el suelo, a su lado, para lanzarse, con toda la fuerza de su ira, sobre aquel energúmeno.  Liberó así a la mujer del robo y de los palos de aquel tipo, que huyó corriendo, hasta escapar de su mirada. 

Muchas veces pienso que en nuestras vidas existen, ocasionalmente, momentos providenciales, que se convierten en lo que yo llamaría “puntos de partida”.  Éstos, siempre inesperados, nos desvían de la senda elegida, o que nos viene dada a priori, y tienen la facultad de cambiar nuestra vida, tajantemente, para bien o para mal; afectándonos a corto, medio o a largo plazo, como si fueran giros del destino que se autocorrige, ya seamos, o no, conscientes de su transcendencia.  Curiosamente, muchas veces coinciden con los cambios de vivienda.  Yo, personalmente, echando la vista hacia atrás, he comprobado que he vivido ya varios de esos “puntos de partida” que han bandeado mi vida a diestra o a siniestra, según se mire…
   
Pues bien, este suceso fue un punto de partida providencial para mi padre, pues la mujer, tras conocer la penosa situación del muchacho, decidió acogerlo en su casa.  En agradecimiento, mi padre lo mismo limpiaba, que cocinaba o lavaba ropa, y no desaprovechaba oportunidad de aprender cualquier oficio que le pudiera aportar el reconocimiento en forma de alimento.  El marido de aquella mujer lo enseñó a parchear neumáticos y de esa manera, y de otras muchas, empezó a ganarse la vida.

La vida, empezaba a sonreírle, por primera vez, en aquella casa, donde pasó unos cuantos años.  Lo más grande que tuvo jamás, según me contaba, se lo había regalado aquella mujer, a la que veneraba:  lo enseñó a leer y a escribir, y aquello le hizo pensar que el mundo era grande y que además se podía ensanchar y le dio grandes esperanzas de futuro.  (¡Qué razón tenía en ésto, y cómo mi propia vida lo demuestra!).

Él desarrolló una curiosa manía que consistía en leer, de principio a fin, cada trozo de papel que cayera en sus manos, recogiéndolo del suelo, o de donde viniera; desde el prospecto de alguna medicina que encontrara en un vertedero, lo entendiese o no, hasta un panfleto publicitario cualquiera, llegando incluso a pretender leer alguna nube que, según él, tuviera forma de letra… 

Precisamente en un vertedero de basura encontró un libro de yerbas que leía y releía, como si fuera una biblia y que utilizó, con éxito, en numerosas ocasiones, a lo largo de su vida.  Aquella manía de leerlo todo se convirtió en una obsesión que trató de trasladarnos a mis hermanos y a mí.  Cada vez que leo algo, me acuerdo de él.  En la casa donde vivo, en España, están los libros por todos lados, y mi padre en mi pensamiento...  Yo ahora quiero, sobre todas las cosas, que mis hijos estudien; que estudien por él, que estudien por mí, que estudien por sí.   

IV

Pasado el tiempo, y en la misma calle del taller donde trabajaba y vivía, conoció a una muchachita que, tras embarazarse, comenzó a formar parte evidente de su vida.  Por esta razón se vio obligado a dejar la casa, aunque conservara el trabajo ayudando al matrimonio, para volver al bosque, donde había vivido su nimia infancia.  Allí se construyó su propia casa, tal y como, antaño, lo hiciera su padre; con un techo seguro, fuerte y compacto, bajo el cual iría creciendo su familia.  Intentó enseñar a mi madre a leer, pero ella jamás quiso aprender ni las letras ni los números, nunca supe por qué.  Se llevaban maravillosamente bien y jamás vi una pelea en mi casa o una voz más alta que la otra.  Era una mujer sencilla y cariñosa, aunque debido a que se pasaba la vida recolectando leña del bosque, trayendo agua, (mientras carecieron del bidón grande y fuera de la estación invernal), o lavando y cocinando, a nosotros nos hacía poco caso.  Recuerdo que mi padre la acompañaba siempre a comprar porque, como no sabía calcular, no se fiaba de los cambios que le daban. 

De ella no tengo muchos más recuerdos ya que, lamentablemente, murió de un deseo que le cayó mal, cuando yo sólo contaba diez años de edad.  Parece ser que andaba mi madre embarazada y debió de tener un deseo muy fuerte que no pudo satisfacer.  Mi padre buscó y juntó una serie de yerbas para hacer una pócima de su libro.  Las hirvió en un enorme recipiente que luego tapó con cobijas y allí bañó a su mujer, que llevaba ya tiempo sin comer y casi sin beber, porque todo le sentaba mal.  Sin embargo, esta vez el remedio no funcionó.  No sé a qué edad se fue, porque ella nunca conoció su fecha de nacimiento.  En este sentido, sólo sabía lo que le había contado su madre:  que había nacido el día en que empezaron a florecer los campos de maíz .  Curiosamente mi padre, tampoco conocía su fecha de nacimiento exacta.  Todavía, cuando me preguntan por la fecha de nacimiento de mis padres sigo sin saber qué decir.

Allí fuimos creciendo, mis dos hermanos y yo, hasta que a los trece años, ya mocita, mi padre decidió que aquél, a mi edad, había dejado de ser un lugar seguro para mí.  La idea de lo que pudiera ocurrirme, mientras se iba a trabajar al poblado durante el día, lo tenía en un “sinvivir”,  ya que mis hermanos, por su corta edad, tampoco me iban a poder defender de nada de lo que allí pudiera suceder.  Así que, aconsejado por su patrón, habló con unas monjas que le indicaron la dirección de unos granjeros, que andaban buscando algún ayudante para las faenas de la casa y el cuidado de los animales.  En efecto, mi padre habló con el dueño de la granja, consiguiendo el compromiso firme de aquel hombre, de que me permitirían asistir a la escuela que las monjas regentaban, allí, cerca del lugar.  Y de esta manera, salí de mi casa despidiéndome de mi padre y hermanos, con todo mi pesar a cuestas, por mucho que mi padre me asegurara que nunca me abandonaría; y urgiéndome a que aprendiera mucho de las monjas, ahora que tenía oportunidad, nos despedimos con gran tristeza.

V

A cambio de un colchón mugriento, una cobija y alimento, yo aprendía, como mi padre hubiera hecho, en su niñez, a realizar todas las faenas de la granja, de las que me ocupaba antes y después de volver de la escuela, hasta que caía la noche.  Mi padre se sentía feliz, porque yo estaba a salvo y estudiando, pero la verdad es que en aquella granja me despreciaban y maltrataban, permanentemente, y muchos días tardaba tanto en recuperarme de las palizas que no me quedaban fuerzas para ir a la escuela.

Siempre le oculté a mi padre todos estos sufrimientos, pensando que era normal padecerlos y que la culpa de todo era siempre mía, hasta que un día, que se acercó a la granja para ver cómo estaba, de pura casualidad, se enteró de todo:  Mientras él permanecía fuera del establo buscándome por la finca con la mirada, yo, dentro del mismo, intentaba ordeñar una vaca que tenía una grieta en una ubre, y el animal, resentido por el dolor, pegó una coz al cubo, ya más que terciado de leche, que quedó derramada sobre el suelo.  La rabia del animal encolerizó al amo que, allí mismo, agarró una vara, que tenía a mano, con la que me pegaba una y otra vez al ritmo de toda variedad de insultos.  Sudaba sobre mí, y antes de que se le salieran los ojos de sus órbitas, entró mi padre en el establo, que tras haber escuchado todo lo que había sucedido, desde fuera, junto a mis gritos, lo agarró por la espalda y lo tiró al suelo para patearlo después.  A continuación me asió de la mano, y sin darme tiempo a recoger mis mudas, me llevó con él.  Aunque, para entonces, ya me habían rodado muchos llantos mejillas abajo, desde que saliera de mi casa, ese último lo recibió mi dolorido cuerpo como elixir mágico de Fierabrás que pareciera curarme hasta las más recónditas heridas del alma.

VI

Aquella casa sin paredes, que tanta incertidumbre provocaba en mi padre, a mí me daba una seguridad absoluta, y me sentía completamente feliz.  No obstante, decidió llevarme consigo todos los días al trabajo, y mientras él remendaba neumáticos yo le lavaba la ropa en el río, a aquella señora que, junto con el regalo de las letras y los números le había devuelto a mi padre la dignidad.  En esa misma calle, en la que mis padres se conocieron, conocí yo a un hombre, algo mayor que yo, del que me enamoré perdidamente; y digo “perdidamente” no sólo por la intensidad del sentimiento de mis quince años, sino porque aquel hombre fue mi perdición, al menos en principio…

Mi padre no quería, de ninguna manera, que anduviese con él, y me insistía en que había oído hablar muy mal del muchacho.  Él sabía que siempre que podía se emborrachaba, y que cuando ésto sucedía sucumbía a una agresividad formidable que no podía controlar.  Se lo había advertido gente, a la que él creía, ya que lo habían visto con sus propios ojos, y me aseguró que no estaba dispuesto a permitirme esa relación, porque tenía la certeza de que me iba a dar muy mala vida, cosa que a mí me resultaba absolutamente imposible de creer, ya que yo nunca había visto nada parecido a lo que él contaba.  Pero yo era joven y algo dentro de mí, ante la negativa de mi padre, me obligó a escaparme con aquel muchacho...

VII

Actualmente, esta es una de mis mayores preocupaciones; que mis hijas hayan salido a mí.  Les tengo dicho que, hagan lo que hagan, o pase lo que pase, no se dejen impresionar por ningún hombre, ya que como su padre, a quien tienen de “ejemplo”, o mejor dicho de “contra ejemplo”, hay muchos, muchísimos; es más, la inmensísima mayoría…  allí, en mi tierra.  (El otro día, leí en el periódico que mi país es el país americano que peor trato da a las mujeres…).  Y, sobre todo, todito, les pido que no se les ocurra embarazarse antes de tiempo, es decir, mientras estén estudiando y no hayan conseguido un buen puesto de trabajo y una buena situación social.  Se lo suplico, una y otra vez, y todos los años, cuando voy a visitarlos, les llevo preservativos de aquí, ya que allí no se estilan, ni se hace uso de sistemas anti-embarazo, desgraciadamente.  Yo procuro vigilarlas bien de cerca, en este sentido, pero claro, a más de nueve mil kilómetros de distancia…

VIII

Por mucho que te escapes, en los poblados todo se ve, todo se oye y todo se sabe; y cuando el embarazo se hizo evidente, mi padre nos acogió a ambos, ya que andábamos, de aquí para allá, malviviendo como podíamos.  Aunque aquello fue un alivio para mí, no duró demasiado, porque mi marido se peleaba constantemente con mi padre y la convivencia era imposible.  Además, mi marido consiguió trabajo en una hacienda, ayudando con el ganado y con lo que se terciara.  Así que nos trasladamos allí, y a cambio de gran parte de su sueldo, nos dejaron vivir en una casa, que ya apenas utilizaban, donde tenían algunas palomas con las que convivíamos.  Además, tuvo mi marido la suerte de que el patrón lo enseñara a manejar una camioneta que tenía para que pudiera ir por los poblados llevando mayor cantidad de productos que vender.

En aquel lugar nacieron mis hijos.  Bueno, no exactamente allí, puesto que me tuvieron que llevar al hospital de las monjas para que nacieran por cesárea.  El doctor me dijo, tras dar a luz al segundo, que ya no podía tener más hijos, porque mi cuerpo, que no llega al metro y medio, no iba a poder soportar otro embarazo, y mucho menos otro parto, que además, por mi físico, terminaría, nuevamente, en cesárea, si no se me desgarraba antes la piel bajo el vientre.  Nos advirtió muy seriamente, a mi marido y a mí, de que tomásemos las medidas que hiciese falta para que yo no volviera a tener otro embarazo.

Mi marido obvió rápidamente aquella advertencia, y no tomábamos ningún tipo de precaución.  Sencillamente, allí se hacía lo que él quería, y punto.  Yo realizaba todas la tareas llevando a la chiquita cargada a la espalda, dentro de un fardo de tela que, a modo de saco, colgaba desde mi frente, descansando sobre mi espina dorsal, y al chiquito amarrado fuertemente a mi vientre, en una tela recia que, anudada a un extremo, cruzaba desde mi hombro izquierdo hasta la cadera derecha.  Así, lavaba  en el río la ropa de los nuevos patronos y la nuestra propia.  Llevaba la ropa sucia en dos hatos atados a un palo cada uno, sobre el hombro derecho, y una cubeta vacía en la mano izquierda.  A la vuelta, me llegaba primero a la casa de los patronos para tender allí su ropa.  Luego me iba hasta mi casa, con mi hato sobre el hombro derecho y, en la cabeza llevaba una especie de rosco de tela enrollada, sobre la que portaba la cubeta llena de agua, para mi casa, sujetándola con la mano izquierda.

Cuando, por fin, llegaba a la casa, dejaba a los chiquitos en el suelo y allí tendía la ropa, por encima de los arbustos y helechos, para que se secara sin mancharse de barro, antes de que empezara a llover.  Llovía, prácticamente, todos los días, durante el invierno.  Luego atizaba el fuego para poner el agua a hervir en una cacerola vieja, que mi padre me había regalado junto con aquella cubeta, y en la que echaba el maíz, y cualquier verdura o patata que mi marido trajera, cuando traía algo, o que algún vecino me quisiera dar.  Mis hijos se alimentaban, sobre todo, de mi propia leche, mientras era posible, aunque el mayor, de cuatro años de edad, ya empezaba a demandar más de lo que podía darle, cuando, nuevamente, me volví a quedar embarazada.

Aquél, se convirtió en mi mayor secreto, por miedo a la reacción de mi marido, pero al final, se lo dije, sin querer, en mitad de una de esas palizas que me pegaba sin venir a cuento, los sábados y domingos, cuando volvía a casa completamente ebrio.  Desde entonces, éstos son dos días que odio profundamente, y que me producen un desasosiego que me quema en el estómago, cada semana de mi vida.  Si pudiera, los erradicaría. 

A pesar de saber de mi embarazo, me seguía insultando a gritos, empujando y pegando mientras mis chiquitos se escondían bajo la cobija de la cama hasta que su padre caía rendido por el esfuerzo y el alcohol.  Le molestaba mucho que yo no me arreglara un poco y me pintara los labios, como hacían sus “amigas”, y que oliera mal y estuviera sucia cuando él llegaba.  Pero yo no tenía nada con qué comprar un pintalabios, y mucho menos ropa.  De haber tenido dinero, lo hubiera gastado, sin duda, en otras cosas, como por ejemplo en un bidón grande de agua como aquél que tenía mi padre en su casa para acumular la lluvia.  Sólo cuando llegaba de trabajar, después de haber tenido a los niños sujetos sobre mi cuerpo, todo el día, podía sacudirme sus heces y orines, que se habían ido acumulando sobre mí; y, tras reservar agua para beber y cocinar, con un trapo humedecido en el agua que había traído en la cubeta, intentaba limpiarme y limpiarlos a ellos.  Si podía, procuraba aprovechar, también, el agua que hubiera quedado acumulada en algunas plantas.  Soñaba con tener un buen recipiente para recoger agua de lluvia y poderme lavar mejor y también a los chiquitos, pero él no me daba ni eso, ni una triste moneda para poderlo comprar… 

Curiosamente, he tenido, durante muchos años, un sueño recurrente, que tiene que ver con el agua:   que saltaba un charco enorme, y eso me hacía sentir bien.  También soñaba, en muchas ocasiones, que manejaba un coche.  Echaba mucho de menos a mi madre, porque ella solía entender los sueños, y a mí éste, del charco, me parecía absolutamente incomprensible, pero tenía verdaderos deseos de entenderlo, porque se me repetía muy a menudo.  Cada vez que veía un charco en el suelo me acordaba del sueño.  Quizá por eso lo soñaba tanto:  siempre había charcos en el suelo, después de todo.  ¡Lástima no poder utilizar su agua!

Fue, aquel, un embarazo espantoso, que pareció durar siete veces más que cualquier otro, hasta que desembocó en una nueva cesárea que me trajo a mi tercer hijo.  Me sentí aliviada al quitármelo de la barriga, sobre todo durante el primer mes que permaneció en el hospital por su bajo peso al nacer, pero luego se convirtió en una pesadilla más que cargar a mis espaldas.  El doctor volvió a hablarnos, muy seriamente, esta vez, en la que llegó incluso a gritarnos, viendo la reacción de mi marido, a quien advirtió que un nuevo embarazo tendría que ser considerado como un intento de asesinato, y que si esto ocurría, él, personalmente lo denunciaría a las autoridades.  A mí me miraba con pena, mientras yo agachaba la cabeza avergonzada, aunque él sabía que yo no lo podía evitar…, y tan sólo me ordenó que cuidara de mí misma, e incluso que abandonara a aquel hombre si era necesario.  Además, él sabía, perfectamente, que “las autoridades” nada iban a hacer al respecto…  y a mi marido, todo aquello, le daba risa…        

IX

Dos años:  ese era el período de tiempo que pasaba entre embarazo y embarazo; así que cuando mi tercer hijo cumplió dos años me volví a quedar embarazada nuevamente…

Lo que de verdad me aterraba de este nuevo embarazo era la reacción que pudiera tener mi marido al enterarse, ya que yo sabía que no me podía embarazar, pero ¡qué podía hacer!  Siempre había cedido a lo que mi marido hubiere querido…  ¡Es que de lo contrario, yo creo que me hubiera matado!  Sin embargo, él siempre me culpaba de todo, y yo me acordaba tanto, tanto de mi padre…  (A veces pienso que la juventud es una desgracia para el resto de la vida).  También temía enormemente que se enterase el doctor, de hecho, lo temía incluso más que a la “pena de muerte” que me había vaticinado...

Pasado el tiempo, pero antes aún de que se me notase, el desasosiego y la preocupación me llevaron a las monjas, con las que hablé entre lágrimas, y ellas me propusieron que les llevase, todos los días, a los tres pequeños mientras trabajaba.  Sentí aquella caricia de la vida como uno de los regalos más grandes que me hubieran hecho nunca, y cada vez que lo recuerdo me llora a chorros el agradecimiento.  De hecho, tengo que decir que las monjas, tanto aquí como en España, han sido mi máxima salvación.

Aunque todos los días tenía que andar y desandar los seis kilómetros de distancia entre mi casa y la escuela de las monjas, yo estaba feliz con esta bendición.  No sólo se quedaban con los chiquitos, sino que además me daban ropa, les daban el desayuno y el almuerzo, y cuando iba a recogerlos me regalaban las sobras de comida, que me guardaban cuando les era posible, para que les diera de cenar.  A veces, hasta quedaba algo para mí, y así cenábamos antes de que llegara el padre y nos quitase las pocas viandas que teníamos, pues lejos de traer él comida o dinero, o ropa o lo que fuera, se gastaba lo poco que ganaba en mujeres que, sin duda, lo ponían furioso, por alguna razón que desconozco, y siempre que volvía a casa, tras haber estado con alguna, me pegaba palizas que mis hijos escuchaban, aterrados y en silencio, ocultos bajo la cobija, con la esperanza de pasar desapercibidos para que no la emprendiera también con ellos, pero no siempre tenían esta suerte… 

Yo me dedicaba a lavar ropa de distintas casas del poblado, a cambio de comida y alguna propina, con la que compraba algún puchero, o alguna sandalia, de vez en cuando, para mis hijos o para mí.  Una de las señoras para las que trabajaba solía darme fruta que yo le llevaba a mis hijos para que pudieran cenar, aunque muchas noches nos acostábamos muertos de hambre, soñando con el desayuno que nos daban las monjas.  A pesar del hambre, el miedo, la preocupación constante y el agotamiento, yo dormía a pierna suelta y así descansaba las piernas que soportaban el inevitable peso de mi cuerpo, que se iba incrementando según crecían mi barriga y mis hijos, y con las interminables caminatas de todos los días, con los dos pequeños a cuestas; pues aunque mi marido manejaba todos los días la camioneta, jamás se digno a llevarnos o traernos de la escuela.

Tengo que contar que, un día, aquellas monjas me consiguieron un “Ángel de la Guarda”, como llamaban a los compadres norteamericanos, que cada mes mandaban dinero, con el que las monjas nos compraban arroz, frijoles, aceite, azúcar, u otros alimentos, jabón y algunos materiales escolares para los niños, a cambio de una fotografía de mi hijo, que ellos mismos le hacían y un dibujo del niño que luego le mandaban a los norteamericanos.  Aunque intentaron conseguirnos, al menos, dos compadres, sólo pudimos hacernos con uno, pues era grande la miseria que nos rodeaba y de la que formábamos parte, y había que repartir con otras familias.  Aquello sí que fue una bendición de Dios, que nos cambió la vida enormemente, ya que a partir de entonces conseguimos cenar prácticamente todas las noches.

Yo, mientras tanto, seguía con mis quehaceres, y en cuanto terminaba de recoger leña y lavar nuestra ropa, tras haber dejado a los niños en la escuela, me pasaba por distintas casas en las que limpiaba, lavaba la ropa y planchaba, hasta que tenía que volver a recoger a mis chiquitos.  Normalmente, alguna de mis patronas me daba de comer.  Y así transcurrían mis días:  inmersa en mi rutina diaria y soportando las palizas de mi marido, bien porque volvía ebrio o porque había estado con alguna mujer, que sin duda debía de valer mucho más que yo.  Él seguía sin aportar nada y me miraba con verdadero desprecio por mi barriga creciente; siempre creciente…  A los niños, ni los miraba, por suerte, pues que los mirase nunca era una buena señal, y ellos vivían constantemente aterrorizados por su presencia.

X

Un día, harto ya de sus borracheras, el patrón lo echó del trabajo y nos tuvimos que ir.  Aquello lo pagó conmigo y con sus hijos, como era su costumbre.

Cuando veo, hoy en día, el problema que hay en España con los desahucios, créanme que comprendo muy bien el sufrimiento de la gente, pero pienso que si algunos supieran que en la pobreza se puede vivir y que de la pobreza se puede salir, igual y no se suicidaban.  No sé si se suicidan porque no saben esto, o por falta de esperanza.  Por falta de esperanza, yo me he querido morir muchas veces, pero con mis hijos ahí…  Supongo, también, que para poder vivir en la miseria quizá sea necesario haber nacido en ella; no lo sé.  Lo que está claro es que mucha gente no está preparada para ésto.

Desesperada busqué a mi padre que, para sorpresa mía, me había perdonado.  Abrumado por mis penurias, nos dio cobijo a mis hijos y a mí, y hasta nos hizo una casa.  Poco después de terminarla, a él le llegó la muerte y a mí un dolor inmenso que me torturaba día y noche; un dolor que aún conservo y que me durará toda la vida, porque no le pude dar un entierro digno; él había gastado todo su dinero en la construcción de aquella nueva casa y en un depósito para acumular el agua de la lluvia, y ni mis hermanos ni yo teníamos plata suficiente para poder comprarle el más humilde de los ataúdes.  Ni siquiera lo pude cubrir con una tela blanca, como debe de ser, sino que lo tuve que enterrar envuelto en su propia cobija, sin más, con dos palos cruzados, atados con una cuerda, por todo adorno sobre la fosa excavada y ahora cubierta de tierra, como si fuera un animal…  Todavía me duele, y me duele, y me duele, con un escozor infinito que me arranca un llanto amargo cada vez que lo rememoro, porque mi padre no se merecía eso.  La persona más importante de mi vida acababa de desaparecer, para siempre, tras regalarme su última construcción:  Mi nueva casa de techo bendito y paredes inexistentes, ¡y un depósito de agua como el suyo, con el que tanto había soñado!

Ni que decir tiene, que mi marido no tardó en aparecer, como nuevo dueño de aquella casa y de su familia…  Ahora se dedicaba a alquilar un auto, todos los días, para trabajar como taxista; pero aquel alquiler se “comía” prácticamente, toda la recaudación que conseguía, cuando no dejaba adeudando parte del alquiler.  Si no era este el caso, el sobrante lo utilizaba para pasear a sus “amigas”, que  impresionadas por su “poderío” le pagaban con “favores” que él agradecía invitándolas a comer.  Vamos, que a casa sólo traía su rabia que pagaba contra mí, y a veces contra mis hijos; pero ni una sola moneda.  Tampoco se dignaba a llevarnos a sus hijos y a mí hasta la escuela ni a recogerlos, y a mí me reconcomía la rabia cuando me contaban que a sus “amigas” las sacaba a pasear en el auto, mientras mis hijos y yo teníamos que andar y desandar seis kilómetros de ida y otros seis de vuelta cada día.

Por lo demás, pasaban las semanas y los meses y mis chiquitos crecían junto a mi barriga.  Mi rutina de vida seguía siendo la misma, y la de mi marido, también.

XI

Una mañana de domingo, de cielo oscuro, cayó un aguacero con tal fuerza sobre el suelo, que las lombrices salían como botadas de la tierra.  Cuando escampó, decenas de pájaros aterrizaban sobre todas aquellas lombrices para llenar sus buches hambrientos, y a mí se me ocurrió tirar la cobija sobre ellos, atrapando a un buen puñado, mientras andaban entretenidos picoteando, y con la ayuda de mis hijitos que, tumbándose a lo largo de los extremos de la cobija, evitaban que los pájaros pudieran escapar, aprovechamos para golpearlos con una piedra mientras permanecían presos bajo la cobija, hasta que dejaron de moverse.  Aquel día, nos dimos un buen festín, mis hijos y yo, que prácticamente nunca probábamos la carne.  Hasta mi marido parecía estar contento, aquel día.  Sin embargo, a mí no me sentó bien aquel manjar, o al menos eso pensé entonces, pues pasé la tarde yendo y viniendo a donde me llevaban los retortijones, sin que aquellos paseos pudiesen aliviarme.

Pasadas las horas, se hizo de noche y mientras todos dormían yo seguía encontrándome mal y decidí ir hasta la casa de una de las señoras a las que le lavaba la ropa, casada con un chamán, que me recibió asustada.  Al llegar le dije que tenía unos retortijones que no me dejaban dormir y le pedí unas yerbas que sabía que su marido solía utilizar.  Me hizo una infusión y me invitó a pasar la noche allí, porque había empezado a llover fuertemente, y, aunque la luna era grande, aquella noche, las nubes lo oscurecían todo demasiado, como para que hiciera el viaje de vuelta en mi estado y encontrándome mal.  Yo que estaba, realmente cansada, de no haber parado en todo el día de trabajar, accedí agradecida.

Me dio una cobija y me tumbé en una cama que tenía vacía, por suerte para mí, y allí me quedé plácidamente dormida, dejando una lamparilla de aceite encendida, por si me daba otro retortijón que me hiciese salir corriendo de allí, como en efecto ocurrió; pero éste fue tan fuerte que, tras levantarme de la cama, quedé paralizada, ya de pie, y apoyada sobre el cabecero de la misma, noté cómo el interior de mi cuerpo se movía involuntariamente, y vi, repentinamente, desaparecer mi voluminosa barriga, que quedó aplanada, en cuestión de segundos.  No podía comprender qué estaba ocurriendo, pero cuando miré hacia abajo comprobé, bajo mis pies, un charco de sustancias líquidas y viscosas, que se esparcían por el suelo junto con una especie de cordón que se enrollaba sobre sí mismo y que yo pensé que eran mis propias tripas, que se me habían salido del cuerpo.  Grité asustada, porque yo jamás había visto nada parecido, ya que mis anteriores partos habían sido cesáreas, y la señora vino corriendo a ver qué pasaba, mientras yo pensaba en la manera de reintroducir aquellas tripas, nuevamente, en mi cuerpo por miedo a morirme, pero no sabía cómo hacerlo.

¡Cuando llegó la mujer me dijo que acababa de parir!  Sin embargo, allí no había ningún niño por ninguna parte, por más que lo buscaba, ni se oía llanto alguno, aunque era cierto que mi barriga había desaparecido.  Inmediatamente después llegó el marido que se percató de que el bebé había quedado atrapado en la pernera de mi pantalón, casi a la altura del tobillo y pensó, al comprobar que no lloraba, que estaba muerto.  La mujer me bajó el pantalón, y efectivamente, allí estaba la niña que, en ese momento, empezó a llorar.  Entonces el chamán me explicó que lo que allí había no era más que el cordón umbilical, la placenta, agua y sangre y que no se me estaban saliendo las tripas.  A continuación desaparecieron con la niña para asearla, y yo aproveché para recoger todo aquello con mis propios pantalones, y salí al bosque para enterrar la placenta y todo lo demás, tras lo cual, esparcí por encima unas cuantas ramas y hojas que había allí mismo, con la intención de que aquello quedase perfectamente oculto y camuflado, aunque no sé por qué razón lo hice.

 Aproveché, además, aquella lluvia y la oscuridad de la noche para ducharme, como quien busca purificarse el cuerpo,  mientras quedaba mezclado, con las abundantes gotas de la lluvia, mi llanto de alivio, de miedo y de paz, al ver que esta vez no había sido necesaria la consabida cesárea o “pena de muerte” que casi me habían garantizado.

Fue un parto perfecto para mí, porque no sentí dolor alguno ni miedo ante la evidencia del parto en sí, que por los motivos conocidos me aterraba.   Pronto escuché la voz de la señora llamándome, y a gritos le conté que me estaba lavando.  Me llevó unos trapos para secarme y una pollera vieja que luego tuvo la amabilidad de regalarme y nos llegamos, de nuevo a la casa.  Para cuando entró el chamán a recoger la placenta y demás restos, yo ya había terminado de limpiar la habitación, dejándola como si allí no hubiera pasado nada.  Por suerte, no manché ni las sábanas ni la cobija.  El curandero me dijo que había hecho muy mal, que la placenta y el cordón umbilical no se podían enterrar, que era necesario quemarlos para que atrajera la buena suerte, pero yo, que me había apresurado a quitar todo aquello de en medio, adentrándome un poco en la oscuridad del bosque, no tenía ni idea de dónde lo había enterrado.  Apesadumbrada por aquella mala noticia, y reventada de cansancio, me tumbé en el suelo para no manchar la cama, liada en la cobija, con mi hija en el regazo, y lloré hasta quedarme dormida. 

XII

La primera luz del nuevo amanecer me despertó.  Tenía allí a mi hija que, buscando mi pecho, consiguió que manara la leche que la alimentaría durante los próximos meses.  Cuando ya me iba, la mujer me hizo entrar de nuevo para desayunar y me dijo que me quedara allí aquel día para descansar.  Rebosando agradecimiento le dije que tenía a mis otras tres criaturas en casa y que quería estar allí antes de que se despertaran.  Con mucha vergüenza por el atrevimiento, le pedí que fuera la madrina de mi niña junto a su marido, y ambos me dijeron que se sentían honrados y encantados de serlo, y que intentarían ayudarme con la niña, todo lo que pudieran; y así, aquella señora y su marido se convirtieron en los padrinos de mi hija y en compadres míos.

A mi vuelta, mis chiquitos estaban aún durmiendo bajo la cobija mientras su padre roncaba plácidamente.  Yo aproveché aquél silencio y tranquilidad, que aún duró un par de horas más, para observar a la bebé, que también dormía tan a gusto, sobre mi regazo, hasta que el hambre la despertó para volver a buscar dónde mamar.  Aquel llanto gatuno despertó a su padre que, al verla exclamó:  ¡vaya, otro hijo de puta!  Se dio media vuelta y siguió durmiendo, como si tal cosa, sin preguntarme primero si estábamos bien o si el recién nacido era hombre o mujer.  En cuanto la niña terminó de mamar, también yo me quedé dormida, hasta que sus hermanos me despertaron.

Para entonces, mi marido ya había desaparecido, y yo tuve que asear a los chiquitos para llevarlos, caminando, hasta la escuela de las monjas, que al verme llegar con el bebé sujeto en el regazo, dentro de una tela, y al pequeño dentro de otro fardo atado a la espalda, se hacían mil cruces al comprobar que tras haber dado a luz, obviamente hacía horas, mi marido había permitido que caminara aquellos seis kilómetros cargada con los niños hasta allí.   Se llevaron a los chiquitos a desayunar, y, tras lavarme nuevamente, a mí me acostaron junto al bebé en una cama, que no me gustó nada, porque tenía las sábanas blancas, y eso podía ser un mal presagio.  Luego me trajeron algo de comer y me volví a quedar dormida, hasta que apareció el doctor.

El doctor no daba crédito.  Yo tampoco, cuando lo vi.  El terror me corrió por el cuerpo como un latigazo.  No sabía si eso iba a significar que me iba a morir, pero, teniendo en cuenta el error que había cometido enterrando la placenta y el cordón umbilical, que estaba liada en sábanas blancas, color de luto, y que ya me había advertido hacía dos años que otro embarazo me acarrearía, seguramente, la muerte, nada bueno podía presagiar aquella presencia.  Aterrada, esperé callada a que hablase el doctor, que se debió percatar, al instante, de mi estado de angustia y ansiedad, y me dijo que me relajara, que no iba a pasar nada, pero que quería reconocernos a la niña y a mí, para asegurarse de que todo estaba bien y de que no había ningún tipo de infección.

Le pedí a las monjas que se quedaran allí, mientras el doctor me reconocía, pues además de todo lo que he explicado anteriormente, me corroía el miedo que, durante toda la vida me habían ido metiendo en el alma mi madre y las viejas del lugar, a pesar de que el doctor ya me había reconocido otras tantas veces.  Siempre había oído decir que tuviéramos mucho cuidado con los gitanos que vendrían a llevarse a nuestros niños, y sobre todo, de los gitanos santeros, como el doctor, que despreciaban las yerbas e intentaban curar de otras maneras.  Lo cierto es que, en muchas ocasiones, cuando se les llevaba a personas en muy mal estado, cuando ya el santero no sabía qué hacer para que sanasen, morían en las manos de los chamanes blancos, y este era muy blanco, como las sábanas...

Ni mi madre, ni yo, ni prácticamente nadie del poblado había visto jamás a un gitano, pero nosotros imaginábamos que los gitanos eran los blancos que de vez en cuando aparecían por los poblados en camionetas grandes, pidiéndonos que les dejásemos vacunar a nuestros hijos y reconocernos a nosotros, pero no estábamos dispuestos a que aquellas personas blancas nos tocaran, para empezar.  Por su puesto, en cuanto alguien daba la voz de que estaban llegando, corríamos con los hijitos bosque a dentro para que no se los llevasen a la camioneta, por miedo a que nos los robasen o los vacunasen, pues no sabíamos qué era aquello que les inyectaban.  Además, el chamán nos había asegurado que no podía ser nada bueno, pero sí tratarse de un mal espíritu que le metían a los niños en el cuerpo.  No había más que ver cómo lloraban los chiquitos al salir de la camioneta.

Curiosamente, las monjas no tenían ningún temor, todo lo contrario, además.  Tras realizar su trabajo, el doctor les pidió que me mantuvieran allí unos días hasta que me repusiera y que, mientras tanto, atendieran también a mis chiquitos, a lo que ellas accedieron sin problema alguno.  Luego me dijo que había tenido mucha suerte esta vez, pero que otro embarazo sería una auténtica temeridad, por mi parte.  Me urgió a separarme de mi marido.  Me dijo que lo echara de casa y que me olvidara de que existía.  Él ya sabía que lo que me pedía era harto difícil o incluso imposible, y me aconsejó que me pusiera en contacto con mis hermanos para que me ayudasen a echarlo de allí; y si no lo conseguía, tendría que ser yo quien me fuera de la casa.  El problema era que no tenía ningún sitio donde ir, y menos con cuatro niños, el mayor de seis años…  Así que las monjas acordaron dejarme la habitación para mí y los míos durante unos días, hasta que hubiera encontrado a mis hermanos. 

XIII

Al día siguiente, apareció por allí mi marido, por primera vez en su vida, acusando a las monjas de tenerme retenida, pero la Madre Superiora, que era bien brava, se encaró con él y le dijo unas cuantas cosas que nadie se había atrevido hasta entonces a decirle.  Mi marido se fue de allí, con las orejas gachas, insultándome y diciendo que a saber de quién serían todos aquellos chiquitos y que lo que tenían que hacer las monjas era meterme a mí en cintura…  Yo estaba desesperada de indignación y aterrada por la rabia que inundaba las entrañas de mi marido, y sabiendo muy bien que aquello me lo iba a hacer pagar bien caro… 

XIV

Al segundo día de estar allí, yo ya me encontraba perfectamente recuperada y mientras las monjas se quedaban con mi prole, yo fui al poblado, portando al lactante, y allí anduve preguntando por mis hermanos, hasta que di con el mayor de ellos.  Para desgracia mía, comprobé que mi hermano conservaba sus entrañas nadando en alcohol.  Ni siquiera me reconoció, y la gente me dijo que vivía permanentemente borracho o durmiendo, y que no sabían de dónde sacaba la plata para beber.  En cuanto a mi otro hermano, me comentaron que se había ido a vivir al otro lado de la ciudad más cercana al poblado, a una plantación de flores; y hasta allí fui tras tomar un autobús, aprovechando que las monjas me habían dado algo de plata, justamente para ésto.

Efectivamente, allí estaba.  Se alegró mucho de verme, y yo más de verlo a él.  Le conté sobre mi vida y antes de que él tuviera tiempo de contarme nada sobre la suya apareció su mujer, que de muy malos modos lo obligó a levantarse para ir a trabajar al campo, llamándolo, entre otras cosas, vago, rufián, etc.  En cuanto pudo encajar palabra, mi hermano le dijo que yo era su hermana y que había llegado de lejos para visitarlo y que estaba charlando un rato, no más, conmigo.  Entonces ella me miró con desprecio, bien por encima del hombro, y nos dijo que a ella le sobraban los muertos-de-hambre, y me preguntó si me había llegado allí para robar.  Tras este recibimiento, me echó de allí con cajas destempladas.  Mi hermano se levantó de la silla y empezaron ambos a chillarse y a pelear, mientras yo no sabía qué hacer.   Me sentía tan humillada, dentro de aquella pesadilla, que decidí aprovechar su pelea para alejarme asustada de allí, viendo que de ninguna manera mi hermano me iba a poder ayudar.  Me pareció todo tan triste…

Unos minutos después, mi hermano me alcanzó y me contó cómo su mujer lo humillaba y avergonzaba públicamente siempre que podía.  Mi padre tenía un ojo sabio para conocer a la gente, con una sola mirada, y al igual que a mí, le había advertido a mi hermano que esa mujer no le convenía y que le iba a dar mucho sufrimiento. 

Tampoco mi hermano le había hecho caso, y ahora se veía así.  Aquel matrimonio era, claramente, desigual; pues la mujer poseía, por herencia, un pequeño terreno plantado de flores que vendía después, haciendo buen negocio.  Trataba a mi hermano casi como un esclavo.  A pesar de que él se encargaba de limpiar la casa, llevar y traer a sus tres hijos a la escuela y hacía todo lo que ella quería, su mujer lo insultaba y humillaba públicamente, simplemente porque pertenecía a una familia pobre y no había sabido salir adelante con ganancias como las que ella conseguía con su terreno.  De vez en cuando, mi hermano hacía trabajos de fontanería y albañilería aquí y allá, donde podía, pero eso a ella no la convencía.

Tras aquella desastrosa experiencia, comprendí perfectamente que, en efecto, nunca podría obtener ayuda de ninguno de mis dos hermanos, que parecían estar tan mal o peor que yo.  Así que, con las mismas, me despedí, llevándome, tan sólo, la promesa de mi hermano de venir a visitarme, y tomé mi camino de regreso para llegar, ya de noche, al lugar de donde había salido, sin haber conseguido una solución a mi problema.

XV

Las monjas estaban espantadas con el resultado de mi viaje y me dijeron que en ese caso, sólo me quedaba resignarme e intentar, por todos los medios, cambiar a mi marido, cosa que a mí me parecía absolutamente imposible.  Me dijeron que me tenía que imponer por mis hijos, pero yo, sencillamente, ni tenía fuerzas, ni me sentía capaz. 

Al día siguiente, tras terminar la jornada escolar, volví a mi casa con mis cuatro hijos y cuando llegué, encontré allí a mi marido que pareció alegrarse de vernos, para mi alivio.  Así que aproveché para hablar con él, cosa que no recordaba haber hecho desde hacía años, y le pedí que tuviera en cuenta que los hijos también eran suyos y que tenía que ayudar y aportar algo a la casa, como traer comida o plata, y que, por favor, nos llevase y recogiese de la escuela.  Pareció comprender que mi situación era cada vez más complicada y que yo ya no podía más.  Al día siguiente nos llevó a la escuela en su taxi, por primera vez.  No me lo podía creer, e hice bien, porque esto no se repitió muchas veces más, y mi rutina comenzó a transcurrir más o menos como siempre…

XVI

Dos años más tarde tuve otro parto natural, el segundo, también en casa de mis compadres y todo fue muy bien, y dos años más tarde tuve a mi sexta y última hija, en el hospital, por medio de una cesárea.  El doctor, convencido de que una quinta cesárea me reventaría el cuerpo, aprovecho la operación, y sin pedir permiso alguno, me practicó una ligadura de trompas que le he agradecido toda la vida.

Mi marido estaba absolutamente indignado, e intentó emprenderla a puñetazos contra él, pero el personal del hospital lo evitó.  Él aseveraba que, como todo el mundo bien sabía, las mujeres que tenían cosidas las trompas se volvían muy calentorras y se dedicaban a buscar hombres a todas horas; y que seguramente lo que ocurría es que el doctor quería andar conmigo, y que esto era algo que el doctor iba a pagar bien caro…  Tras este argumento, el doctor estuvo a punto de llegar a las manos, momento en el cual las monjas los separaron y nos mandaron para casa, con mi nuevo, sexto y último hijo a cuestas, pero esta vez en taxi…

XVII

Mientras la vida transcurría, yo seguía soportando las palizas que recibía del animal de mi marido, que volvía borracho a casa cada vez más a menudo.   A mí me costaba cada día más trabajo soportarlo y no conseguía pensar en una solución.  Mis hijos lo odiaban, y me desesperaba encontrarlo completamente ebrio al llegar de la escuela con los chiquitos.  Mi vida se había convertido en un pozo sin fondo de penalidades, a pesar de la ayuda que recibía de las monjas, de mis compadres y de las señoras para las que trabajaba.  Así, mi desesperación crecía imparable, junto al temor de estar llegando al límite que me impulsase a matar a mi marido, al que odiaba con todas mis fuerzas.  

Una tarde, contando ya mi sexta hija con unos dieciocho meses, llegó mi marido a casa, tras haber dejado a una de sus “amigas” en la suya, y la emprendió, nuevamente, contra mí.  Mi hijo mayor, de trece años, no lo pudo soportar y vino a defenderme, llevándose él, al final, la peor parte de la paliza y acabando con todo el cuerpo magullado y con la cara completamente ensangrentada.  Aquella noche me dio un ataque de histeria tan desmesurado que ya me daba todo igual, y sólo lo quería matar.  A los gritos, que desde aquella casa sin paredes se escuchaban con nitidez, acudieron vecinos del poblado junto a mis compadres, y éstos nos llevaron a mis hijos y a mí a su casa aquella noche, mientras mi marido insultaba a los vecinos que acabaron por pegarle una buena paliza, ya hartos de su comportamiento, no sólo hacia nosotros, sino hacia ellos mismos, también.  La violencia, allí en mi tierra, es una cosa casi natural…

Tras sosegarnos y limpiarnos las heridas, nos dieron algo de cenar y luego, mis hijos y yo dormimos en el suelo de la cocina, con unas cobijas que la señora nos prestó, ya que la otra habitación que les quedaba estaba ocupada, aquella noche, por la hermana de mi comadre, que acababa de llegar de España, para pasar unas cuantas semanas allí, y luego regresar.

XVIII

Al día siguiente, mi comadre me contó que su hermana se había ido a trabajar a España y le iba muy bien.  De hecho, todos los meses estaba mandándole plata a su familia y los estaba sacando a todos a flote, y además estaba ahorrando para comprarse una casa de ladrillo.  Me dijo, además, que en España había mucho trabajo.  Así que, pensando que España era una calle de la ciudad, le pedí que me llevara allí, que yo estaba dispuesta a trabajar lo que hiciera falta.  Entonces ella me enseñó una esfera del mundo que le acababa de regalar su hermana y me mostró dónde estaba España.

Yo no entendía qué era aquello, que veía por primera vez en mi vida, y cuando me contó que esos eran los países del mundo y que la tierra sobre la que vivíamos era exactamente así, no me lo podía creer:  resulta que vivimos en un mundo cuya tierra flota en el agua, y me asustó pensar que si soplaba el viento, los continentes podrían chocar entre sí; y en ese caso, me preguntaba qué podría ocurrir, y por qué no había ocurrido ya.  También le pregunté si las personas que estaban en la parte de abajo del globo estaban colgando, y tras decirme que ella tampoco sabía muy bien cómo era aquello, llegó su marido y nos dijo que no nos creyésemos nada, porque, sencillamente, no podía ser verdad, y la verdad es que aquello me tranquilizó bastante.  Luego, me señaló en el mapa dónde estábamos nosotros y me explicó que a España se iba en avión y que aunque el pasaje costaba una fortuna, ella iba a hablar con su hermana para ver si me podía hacer un préstamo y así, podría irme yo también.  Yo, que sólo había oído hablar de Estados Unidos, desde donde unos señores ayudaban a uno de mis hijos, me quedé absolutamente perpleja, al saber que había más países.  Sentí, entonces, que la ignorancia es como una prisión.

La hermana de mi comadre me habló de lo que hacía en España y me dijo que tenía trabajo para mí, viviendo en una casa y trabajando para los patronos de allí, si yo quería, pero que me tenía que dejar a mis hijos aquí. 

Aunque por lo que me contaba, las condiciones y el trato que se recibía allí era inconcebible e incomprensiblemente bueno, a mi modo de ver, yo no era capaz de hacerme una idea clara de lo que me contaba, pudiendo más el miedo a lo desconocido que todas las maravillas que me descubría aquella mujer, y que me parecían más propias de un sueño que de otra cosa.  Además estaba el problema de dejar a mis hijos solos con su padre.  Sin embargo, al volver aquella misma tarde a mi casa, mi marido me terminó por convencer:  Me pegó una paliza tan descomunal que perdí el conocimiento durante un buen rato, según me informaron mis aterrados hijos. 

Estaba claro que, estuviera yo o no allí, nada iba a garantizar que mis hijos estuvieran a salvo, si mi marido podía “robarme” el conocimiento cuando quisiera…   Este pensamiento me dio el valor necesario para acercarme a la casa de mi comadre para hablar con su hermana y que me contara qué tenía que hacer para irme a España.

Por suerte, la hermana de mi comadre había conseguido ahorrar bastante dinero, que había traído consigo, para juntarlo hasta tener lo suficiente como para comprar una casa de ladrillo.  Esta mujer tuvo a bien acceder a prestarme aquella enorme fortuna que costaba el billete de avión, y que yo me desviví en devolverle, intereses incluidos, a los tres meses de llegar a España, pues no podía soportar la idea de tener una deuda tan grande con nadie. 

Manteniéndolo completamente en secreto, para que mi marido no se enterase, con la ayuda de mis compadres y, sobre todo, con la de su hermana, pasamos unos quince días yendo y viniendo de un lugar a otro, consiguiendo, así, todos los documentos necesarios para sacar el pasaporte.  Para entonces, ya se me había bajado la hinchazón de la cara, que me produjo la última paliza, con la ayuda de los emplastos y cuidados del chamán, y me pude hacer las fotos necesarias para este último documento.  Pero el tiempo pasaba rápido, y no me pude ir con la hermana de mi comadre, sino unos veinte días después, yo sola. 

XIX

Una noche del mes de marzo, ya dormidos mis hijos y mi marido, desperté a mi hijo mayor, y le dije que me acompañara, alejándonos un poco de la casa.  Le conté lo que iba a hacer y le pedí que no dijera nada hasta el día siguiente, y tras despedirme de él, lo dejé llorando inconsolablemente, y llorando me fui. 

Mi comadre me estaba esperando para llevarme al aeropuerto, con una maletita que me dio, en la que puse la ropa que tenía, junto a otras cosas que mi comadre había metido para que le llevara a su hermana.  Allí nos despedimos y ya no la volví a ver en varios años, y a mis hijos, tampoco...

XX

Entregué mi maleta, con bastante preocupación, por si no la metían en el mismo avión en el que yo viajaba, y, cuando llegó el momento, también yo monté en el avión para emprender un vuelo que duró mucho más de lo que yo imaginaba. Cuando miraba a través de la ventanilla de mi acompañante y veía sólo un color azul, no era capaz de comprender lo que estaba viendo.  Finalmente, el avión aterrizó en una ciudad de Francia, donde pasé el control de inmigración.  Comprobé, muy a mi pesar, que allí hablaban una lengua extraña que nunca había escuchado, y que, desde luego, no era español, así que, como no entendía nada, decidí hablarle a los policías en quechua, a pesar de lo cual, no conseguimos entendernos.  Así que me limité a imitar lo que hacía la persona que estaba delante de mí, y si él entregaba el pasaporte yo hacía lo mismo, hasta que finalmente pasamos bajo un arco, que a veces pitaba y otras no, y tras esperar un par de horas me subí a otro avión, sin ver mi maleta por ninguna parte, que me llevó a Barcelona.

Tras aterrizar, fui a recoger la maleta, pero la maleta no había llegado.  Por lo visto, debía de venir en otro avión, y tras esperar y esperar, me dijeron que mi maleta llegaría, seguramente, al día siguiente, y que me fuera.  Yo no sabía qué hacer, ni a dónde ir.  Como no veía, por ninguna parte, a la hermana de mi comadre, le pedí a una de las señoras que había volado conmigo que la llamase por teléfono, porque yo no entendía cómo funcionaba aquel aparato de monedas, que nunca había usado, y así lo hizo, tras llevarme primero a un lugar donde me cambiaron dólares por euros.  A mí, la verdad es que me daba lo mismo una cosa que otra, porque no entendía ninguna de las dos monedas.  En cuanto escuché la voz de la hermana de mi comadre, le pedí que viniera a recogerme y le dije que la maleta venía al día siguiente, pero ella me advirtió que no podía recogerme, porque estaba en Zaragoza, que, desafortunadamente, no era una calle… y que lo que tenía que hacer era pasar allí la noche, recoger la maleta e ir a la estación de autobuses de la ciudad, y comprar un billete para el primer autobús que saliera para Zaragoza.  Que cuando lo hubiera hecho la llamara para indicarle a qué hora llegaba al destino, y ella me estaría esperando.

Tras contarle todo ésto a la señora que me ayudó con el teléfono, le pedí que me ayudara un poquito más, y ella me dijo que me iba a llevar a una pensión.  En mi país, una pensión es un restaurante al que normalmente sólo acuden hombres, y no comprendía por qué me quería llevar ahí, y aunque ella me explicaba que, en España, no era la misma cosa, yo me negué y le supliqué que me llevara con ella a su casa y me permitiera dormir sobre alguna alfombra, en algún pasillo o donde fuera, y que al día siguiente yo me iría de allí, que sería sólo esa noche.  Tras mis súplicas y lloros, la mujer accedió y me llevó a su casa.  Una vez allí, le contó la historia a la señora para la que trabajaba, que me invitó a quedarme a dormir en un cuarto que tenía con una cama, y me dio de cenar.

Ella me preguntó si tenía trabajo, y cuando le dije que no, me contestó que le parecía muy valiente, por mi parte, haber saltado el charco sin tener nada seguro y sin conocer a nadie, dejando allá a seis hijos, viniendo hasta aquí, a la aventura, y que si quería podía quedarme con ella hasta que hubiera encontrado trabajo, pero yo le dije que tenía una amiga en Zaragoza que me había encontrado un trabajo ya.

A pesar del agotamiento, me costó enormemente dormirme, pensando en cómo aquella señora había podido leer ese sueño que yo había tenido tantas veces, y últimamente, en el avión.  ¡Si no, por qué me había dicho lo de “saltar el charco”!  Me preguntaba si sería una chamana blanca o una gitana, en definitiva, me preguntaba cómo era posible que hubiera visto mi sueño.  Y pensando, comprendí el significado de mi sueño; ¡cruzar el charco debía significar “venir a España a trabajar”!  ¡Así que mis sueños siempre habían sabido que ese era mi destino!  Eso es lo que pensé entonces, y sólo hace unas semanas, ¡después de diez años!, justo antes de venirme a pasar las vacaciones, cuando mi patrona me preguntó si la agencia me había dado ya la fecha para saltar el charco, le conté mi sueño, y ella me explicó que “cruzar/saltar el charco” no es más que una expresión metafórica y caricaturesca para decir que vas a cruzar el Atlántico, que es cualquier cosa menos un charco…  Me dio vergüenza pensar que siempre había tenido la cabeza llena de tonterías, con respecto a este asunto, y ella me dijo que no me avergonzara, que no tenía por qué saberlo.  No obstante, ambas coincidimos en que el sueño recurrente, que desde hace ya muchos años no se me ha vuelto a repetir, era un sueño curioso.   De toda formas, me da tanta pena saber tan poco…

A la mañana siguiente, tras el desayuno, la señora tuvo la enorme amabilidad de llevarme al aeropuerto en su coche a recoger la maleta.  Allí estaba, en efecto, pero no me pude ir de inmediato, porque el policía que me la dio me pidió que la abriera.  Con más miedo que vergüenza y con el temor de que me devolviese a mi país, abrí la maleta, y al revolver aquel hombre mi ropa, pude comprobar que mi comadre había metido patatas y maíz para su hermana; eso era lo que llevaba.  Finalmente, el policía me dejó pasar, sin haber sacado nada de la maleta, y yo, asiendola fuertemente, salí corriendo de allí, como alma que lleva el diablo, para intentar evitar, por todos los medios, que aquel policía se arrepintiera y me dijese que tenía que volver a mi país, ya que había entrado ilegalmente.  Luego más tarde me enteré de que aquel registro de mi maleta no tenía nada que ver con pasar el control de inmigración, que era lo que había hecho en Francia, hablando en quechua.

Nuevamente la señora tuvo la amabilidad de llevarme a la estación de autobuses, donde me compró una botella de agua y un bocadillo que yo guardé para comer más tarde.  Compramos un billete para Zaragoza, y tras agradecerle, con toda mi alma, todo lo que había hecho por mí, me despedí y me quedé esperando frente a la puerta de mi autobús hasta que ésta se abrió y me dejaron pasar dentro.

XXI

De Barcelona salí, sentada en aquel autobús, observando con admiración, los enormes edificios y cómo de muchas ventanas colgaban, tendidas, sábanas y ropas de toda índole.  Nunca había visto la ropa tendida de aquella manera, y empezando por eso, todo me llamaba poderosísimamente la atención, hasta que Zaragoza apareció tras la carretera, como un lugar inmenso, lleno de naves industriales, al principio y luego de altísimos edificios, como no los había visto nunca, y calles llenas de gente y de coches, hasta que llegamos a la estación, en medio de un tráfico formidable.  Al bajar del autobús y ver allí a mi nueva amiga me dio tanta alegría que rompí a reír y no podía parar.

Tras saludarnos y darnos un fuerte abrazo, me invitó a desayunar, y aproveché para contarle todo lo que me había pasado.  Luego me llevó a una especie de hostal que tenían unas monjas, y allí me dejó, explicándome que el trabajo que tenía para mí, se lo había llevado otra, porque la señora de la casa no había podido esperar, pero que seguro que esas monjas me conseguirían pronto uno.  Por un lado, esto me preocupó, pero por otro, me aliviaba, porque para mí las monjas habían sido siempre como ángeles, en mi vida, y tenía una enorme esperanza puesta en ellas, aún sin conocerlas de nada.

Efectivamente, aquellas monjas recogían a mujeres que como yo, esperaban su primera oportunidad.  La hermana Pilar, concretamente, se encargaba de darnos charlas para indicarnos lo que debíamos hacer y lo que debíamos evitar, y nos enseñaba a utilizar la lavadora, aparato que yo no había visto jamás, y otras máquinas del hogar.  Además nos enseñaban a limpiar al estilo de la gente de aquí.  Yo ya sabía planchar, porque ya lo había hecho antes en algunas casas en las que había trabajado en mi país, lo cual suponía una ventaja, a la hora de colocarme. 

Dormíamos todas en literas, en dos cuartos grandes, y una compatriota mía, con la que me llevaba particularmente bien, me dijo, en secreto, que tuviera mucho cuidado con lo que hacía en la cocina y en el salón, en el que había una mesa enorme donde nos reuníamos todas para comer y recibíamos las charlas de la hermana Pilar, porque había cámaras instaladas, y a través de ellas, las hermanas nos veían, en ambas habitaciones.  Eso les servía a las monjas para observar quienes eran las más hacendosas, y a esas les procuraban trabajos antes.  Efectivamente, pude ver las dos cámaras, y me porté de tal manera, que en dos semanas ya estaba trabajando y viviendo en una casa.  Una vez más, estas monjas también están en mi lista de agradecimientos…

XXII

Llevo ya diez años trabajando en España.  He aprendido muchísimas cosas; algunas completamente absurdas, que aún hoy no comprendo.  La señora de la casa donde trabajo, por ejemplo, tiene una vajilla que utiliza a diario; luego tiene otros platos sueltos, de distinto color o forma, que sólo utiliza para las faenas de la cocina y otra vajilla que sólo usa cuatro veces al año, cuando se reúne con su familia en Navidad y Año Nuevo. 

Lo mismo sucede con los vasos; tiene unos que sólo usa para la cocina, para beber un vaso de agua, en un momento dado, o para ponerle la leche a los chiquitos en la merienda, o lo que sea; unas copas que sólo se usan en la mesa para comer y cenar; otros vasos que sólo se usan para beber alcohol; pero según el tipo de alcohol (que por cierto nunca imaginé que hubiera tantos) utiliza vasos altos y delgados, o bajos y anchos, o copas que pueden ser de distinto tamaño y forma, según lo que se vaya a beber, e incluso vasos diminutos; ¡y aunque tienen muchísimos vasos, rarísima vez beben alcohol! 

Con la vajilla de Navidad y Año Nuevo, sólo se usan unas determinadas copas y cubiertos.  Todos estos vasos especiales para alcohol y las copas de Navidad son de un cristal muy fino y muy malo; pues tiene el grosor de una cáscara de huevo, y por ello se rompe con muchísima más facilidad que los vasos que parece que le gustan menos.  Lo mismo ocurre con las mantelerías; ¡hasta con los trapos de la cocina, las sábanas y las toallas, ocurre algo parecido! 

Todas estas… “cosas” (por no llamarlo TONTERÍAS), siempre me han parecido un verdadero quebradero de cabeza incomprensible, y me han ocasionado algún que otro disgusto, hasta que las he aprendido bien.  Podría seguir contando tantas, y tantas cosas absurdas que se hacen allí, como tirar montones de cosas perfectamente servibles, a veces, para comprar otras prácticamente iguales…  La peor metedura de pata ocurrió cuando le conté a sus dos hijos de cinco y siete años que el Ratón Pérez y los Reyes Magos (de los que jamás había oído hablar) eran sus padres, porque me parecía muy injusto que la mujer se diese las tundas de trabajar que se daba preparando aquellas fiestas y los niños pensasen que eran otros quienes lo hacían todo y les traían los regalos.  Esta metedura de pata, que con los años comprendí, estuvo a punto de costarme el trabajo.  No me despidió porque conseguí que comprendiera que lo había hecho por su bien, pero estuvo un largo tiempo sin hablarme y jamás la he vuelto a ver tan indignada.  Fue un horror.   Lo peor es que podría escribir varios libros llenos de tonterías por el estilo…

He trabajado mucho; todo lo que he podido y más.  La verdad es que, como los hijos dan cada vez menos trabajo en la casa y como yo soy muy ágil, termino mucho antes mis tareas y aprovecho las tardes para trabajar en otras casas.  Mis compatriotas me miran mal, como si fuese más pobre que ellas y eso fuera una vergüenza, pero yo creo que no es más que envidia; en mi país la gente es muy envidiosa…  A mí, no me importa trabajar más; lleno mi tiempo y aún me sobra.  ¡Qué estupendo que aquí, a la gente le moleste tanto el polvo!   Donde mis señoras ven polvo, yo veo plata; donde ellas ven plata, yo veo polvo.

También he salvado muchísimos obstáculos, y en algunos momentos lo he pasado muy mal; he sufrido mucho y, en ocasiones me he sentido muy sola, pero al final, el balance no puede ser más positivo; me he hecho a la vida de aquí y hasta he conseguido la doble nacionalidad que recibí con la sensación de nacer nuevamente, como si fuera un nuevo punto de partida, pero en ese otro continente que, sin duda, me ha dado la VIDA, devolviéndome la alegría y, sobre todo, la dignidad, es como si hubiera vuelto a nacer, en otro lugar y con más edad.  Ya hasta se me hace difícil pensar en vivir en mi país, aunque en España siga encontrando cosas incomprensibles y absurdas, de vez en cuando.

Ahora me comunico con mis hijos por Skype, en el locutorio, cada semana mientras espero a que llegue ya un portátil pequeñito que voy a adquirir, a muy buen precio, gracias a la promoción del periódico que compran en mi casa, del que he estado recortando, durante unos veinte días, unos cupones.  Pero parece ser que los ha pedido tanta gente que no quedan, y sigo esperando a que me llamen…  ¡ A ver si, ahora a mi vuelta, ha llegado ya y me lo ha recogido mi patrona en la estafeta de correos!

A mis cuarenta y dos años, he logrado comprar una casa estupenda y mis hijos disfrutan de todas las comodidades; desde agua corriente caliente y fría, y luz eléctrica, hasta teléfono, televisión, computadora con internet, etc.  Mi hijo mayor, de veintitrés años, estudia y trabaja, especializándose en carpintería metálica.   Los dos que le siguen, tras haber sido distinguidos con honores en sus bachilleratos, estudian:  la chica de veintiún años, ingeniería industrial y el chico de diecinueve está en el servicio militar, donde pasará un año.  Me cuenta que está aprendiendo muchas cosas nuevas para él.  En cuanto vuelva, estudiará ingeniería en la rama de mecánica, o algo así.  Al cuarto le queda ya poco para graduarse bachiller, y también estudiará en la universidad, quizá para hacerse doctor.  Los dos pequeños están en el colegio, y sus profesores están muy contentos con ellos, y yo más.

Antes dije que conocer a mi marido había sido mi perdición, en principio…  Decía que “en principio”, porque de no haberlo conocido, mi vida no hubiera cambiado de esta manera.  Con ésto, no quiero decir que me alegre de haberlo conocido, pero lo cierto es que aquella última paliza supuso para mí un nuevo “punto de partida” que me cambió, por completo la vida, y también a todos los míos.  Sin embargo, y a pesar de todo lo bueno que me ha pasado después, no puedo evitar sentir verdadero desprecio por él, y a la vez, incomprensiblemente, pena.

XXIII

Mi hermano, viendo cómo me iban las cosas, se decidió a ir a España, cinco años después de mi llegada, de la misma manera que lo hice yo, a través de Francia.  Estuvo trabajando allá dos años y medio, ilegalmente, y con eso ganó lo suficiente como para poder comprarle un piso a su familia, en la ciudad en la que siempre han vivido, y ya no pagan más alquiler.  A él no le gustó nada la vida en España y no quiere volver.  

Yo, a los pocos años de vivir allí, aprovechando un cambio de gobierno que permitió la legalización de los inmigrantes, dejé de ser ilegal, y eso te permite ir por la calle sin miedo a que te pare la policía.  Mi hermano lo pasaba muy mal, porque cuando se emborrachaba, los fines de semana, se olvidaba de tener cuidado en este sentido, y en alguna ocasión se llevó algún que otro susto con la policía.  Con la crisis se quedó sin trabajo, y viendo que no había manera de conseguir empleo, decidió volverse.  Desde que compró el piso, parece que la mujer lo desprecia menos, aunque tampoco lo trata muy bien.  Aquí, trabaja como albañil, y sus hijos, los tres, están estudiando en la universidad.

XXIV

Tengo que contar, también, que antes de comprar la casa, le compré a mi marido un auto para que pudiera trabajar de taxista.  Él, por supuesto, lo utilizó para lo que le dio la gana, hasta que a los tres meses de estrenarlo, y bien ebrio, tuvo un accidente que casi le cuesta la vida, pero no cayó la breva..., sólo el coche por un terraplén, empotrándose contra un árbol.  El coche quedó irrecuperable, y a él se le hundió el cráneo y ahora lo tiene deformado, aunque se recuperó.  Eso sí, desde entonces, ha cambiado tanto, que parece otro.  Ya no me ha vuelto a pegar, cuando vuelvo en vacaciones, y además se encarga de la casa y de los niños, con seriedad.  Vamos, que desde el accidente ha dejado de buscar trabajo fuera de casa y trabaja dentro.  Ese sí que fue, también, un buen “punto de partida” para todos…  De todas formas, yo sigo sin fiarme de él, y no lo volveré a hacer jamás, se porte como se porte. 

Los primeros sueldos que mandé, tras pagar mi deuda, se los gastó mi marido, preferiría no saber en qué…  Desde entonces, es mi hija, la mayor, (la segunda en número) la que recibe y gestiona el dinero que mando, junto con mi comadre, y aunque se pelea mucho con el padre, la vida les va muchísimo mejor a todos, y a mí, también.  Así que, por el momento, ella sigue ejerciendo de madre de mis tres últimos hijos y es mi gran apoyo aquí, en mi “otro mundo”.  La más pequeña, de trece años, sigue empeñada en dormir con ella, y la mayor la deja, si saca buenas notas.

Me gustaría mucho, no obstante, que mi hija mayor fuera a España, para que viera cómo funciona la gente y las cosas por ahí; para que vea cómo son los hombres por esa parte del mundo, y cómo se relacionan con las mujeres; y lo que allí es normal y lo que no, a pesar de las tonterías que también se ven…  Pero no sé cuándo podrá ser, pues ella, que empezó muy tarde el colegio, sólo lleva dos años de universidad y le quedan otros cuatro… 

Mientras tanto, aquí están seguros, en su casa de ladrillo, con todos los adelantos y comodidades posibles, labrándose, milímetro a milímetro, un futuro infinitamente mejor que mi pasado, para que ellos también puedan comprar una casa y un futuro mejor, para sus hijos.  Mientras mis hijos estén estudiando y mientras no hayan encontrado todos trabajo, seguiré viviendo y trabajando en España.  Ya veremos qué pasa después.

Ojalá que este nuevo Papa, que es americano, ayude mucho a mis monjitas lindas de acá, para que puedan seguir ayudando tanto, tantísimo como lo hacen, a otras mujeres y niños, y a los pobres en general, para que podamos salir adelante.  Ahora, cada vez que vengo de España les traigo jabones olorosos y cosas bonitas para ellas.  En cuanto mis hijos salgan adelante, quisiera echarles una mano, tan fuerte y buena como la que ellas me echaron a mí.  Yo las quiero mucho, pero mucho, mucho, mucho. 

XXV

Siempre que vuelvo a mi país, procuro no despertar envidias entre mis vecinos, como hacen tantas, presumiendo con vestidos y joyas, etc., y enseño a mis hijos a no mirar a nadie por encima del hombro y a no darse importancia ante otros que no tienen nada, porque desde la nada se puede llegar a cualquier parte, como hice yo. 

No obstante, no sé si seré capaz, ahora, en cuanto salga de la Notaría, de disimular el alboroto de alegría que siento por dentro, al llevarme este triunfo, bajo el brazo, que tanto me llena de orgullo y felicidad.  Y me acuerdo tanto, pero tanto de mis padres, en este momento, que no quiero olvidar nunca que yo salí de la nada, y que la nada está siempre ahí mismo, pegada a mis entrañas; y que en la nada de la casa sin paredes de mis padres fui feliz. 

Me quedan unos días para acabar mis vacaciones y volver a España.  Siempre, antes de irme, le pido a mis hijos que sean humildes, para evitar que la nada les inunde el alma y se queden vacíos de ganas de luchar y de salir adelante, y que se esfuercen al máximo, para que yo pueda volver cuanto antes. 

Pase lo que pase, tanto si nos va bien como mal, quiero que mis hijos no olviden nunca que siendo pobre también se puede vivir, no sea que la pobreza vuelva otra vez a nuestras vidas.  Quiero que, en tal caso, sean inmunes a la amenaza de terminar sus días en un suicidio, por no haber aprendido nunca a construir una casa sin paredes.


VALE.

K.




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