Hace ya unos años compré en Candem Town, Londres, una chaqueta de un soldado de la, entonces, Alemania del Este. La chaqueta lleva bordado, por dentro, lo que supongo es el apellido del soldado en cuestión: Büter.
He usado mucho esa prenda, la sigo usando y sigue como nueva, como el día que la compré.
Siempre me ha encantado pensar que la ropa que llevo está impregnada con el aroma de una historia que siempre me hubiera encantado conocer y que a lo mejor me hace indigna de la prenda en cuestión, pero sea cual sea la historia de la persona que la llevó y vendió en aquel mercadillo de Candem Town, siempre, siempre siento, cada vez que la uso, un profundo respeto y cariño por ese Büter, a quien por desgracia desconozco.
La verdad inventada: “Mi nueva dueña”
Sinceramente, nunca se me hubiera ocurrido pensar que pudiera llegar a caer en semejantes manos, o mejor dicho, en semejante cuerpo.
Me encerró en una bolsa de plástico y me llevó a lo que empezaría a ser mi nueva casa; un lugar sucio que olía a salchichas fritas –por el pestazo, en soja-.
Me sacó de la bolsa y me mostró a unas cuantas compañeras de piso, que me elogiaron. Me alegró saber que les gustaba y mi dueña les decía que me prestaría; cosa que no me hacía gracia en absoluto, pues amoldarse a distintos cuerpos me resulta realmente incómodo. Además, cada cuerpo tiene una personalidad diferente; se mueven, se sienten y se sientan de distinta forma y me es muy difícil acostumbrarme a semejante tortura.
Una vez terminada la sesión de elogios, mi nueva dueña me llevó a otra habitación y me colgó en una percha, dentro de un armario sucio y polvoriento, obligándome a compartir el mismo espacio con una serie de trapajos que nada tenían que ver conmigo, lo cual me hacía sentir bastante solo y triste.
No podía dejar de pensar en mi antiguo armario, tan limpio, perfumado y ordenado, en el que cada prenda disfrutaba de su propia percha, allí siempre acogedora. Aquí no pasaba lo mismo, aunque yo, por el momento, había tenido bastante suerte y estaba colgado en una percha en exclusiva para mí, pero lo que me rodeaba me asustaba en parte, haciéndome sospechar que, quizá, algún día tuviera que verme acompañado, por primera vez en mi existencia, de alguno de aquellos pingajos en una misma percha.
Al cabo de las horas, cuando ya empezaba a acostumbrarme a la nueva situación, llegó mi dueña, envuelta en una toalla de baño. Me sustrajo del armario y me tiró sobre una cama cubierta con unas sábanas asquerosas y arrugadas, de una forma absolutamente agresiva, despectiva, e incomprensible, teniendo en cuenta mi categoría y el hecho de ser nuevo para ella; aunque eso parecía importarle excesivamente poco.
Una vez embutida su masa en la ropa interior, se sirvió de mí para vestirse, pegándome tales tirones de las mangas que a punto estuvo de descosérmelas. Finalmente, terminó de colocarme sobre sus gruesos hombros para recibir, a continuación, toda una serie de sacudidas a uno y otro lado de las costuras de la cintura, colocándome así, sobre su talle.
Se alzó sobre unos zapatos de tacón y se dirigió hacia el espejo del hall, donde pude comprobar –como ya me había imaginado- que mi antigua dueña me sabía llevar y lucir con mucha más gracia, mientras que esta nueva, más que lucirme a mí, lucía su gorda complexión, dejando adivinar, a través de mí y a pesar mío, las grasas que deformaban su figura y mi hechura.
Me sentía incómodo sobre aquel cuerpo al que quedaba inevitablemente adherido por la fuerza de la electricidad que manaba de sus medias erguidas hasta la cintura. Por suerte aquel volumen se sintió, también, incómodo y mi nueva dueña decidió ponerse una combinación. Tanto aquel cuerpo como yo, nos sentimos grande y gratamente reconfortados.
A continuación, se dirigió al cuarto de baño y se dispuso a maquillarse, concluyendo por esparcir sobre mí un perfume pestilente al que tardé varias horas en acostumbrarme, antes de que la sofocante asfixia terminara, de una vez por todas, conmigo. Cargó un abrigo sobre mí; cogió el tabaco y el bolso y nos fuimos a la calle.
Era demasiado tarde, por lo que mi nueva dueña decidió tomar un taxi, cosa que le agradecí; pues tiene tal forma de andar, moviendo el trasero constantemente de un lado para otro, que sentía perfectamente el escozor que el roce me producía entre su trasero, cubierto por aquellas medias, y el paño del abrigo mal forrado y viejo. Además, tenía curiosidad por saber cómo se sentaba aquella mujer.
Desgraciadamente, comprobé que no se sentaba demasiado bien; pues no se preocupaba, siquiera, de estirar, aunque sólo hubiera sido el faldón del abrigo; quedando yo completamente arrugado. No obstante, decidí ser algo más optimista y pensar que al haberse internado tan apresuradamente en el taxi y debido al limitado espacio, sencillamente, no podía haberse sentado de otra forma.
Llegamos al lugar de destino y tras saldar nuestra deuda con el taxista, salí con la alegría de sentirme, de nuevo, desplegado.
Me introdujo, sobre los secos golpes de sus largos y desairados pasos, que me hacían sentir pieza de un tío-vivo, en una sala mal iluminada por algunas luces que cambiaban constantemente de color, descomponiendo el mío, por cierto, al son de unas melodías rítmicas difícilmente soportables.
Allí se encontró con amigos o conocidos suyos –que, por cierto, no dejaban de elogiarme- y que bebían copa tras copa, mientras hablaban y carcajeaban apoyados sobre una barra.
Uno que pasaba por allí, dejó derramar el apestoso líquido que contenía su vaso sobre mí. Me sentía mal e incómodo; y aunque mi dueña no dejaba de sacudirme el dichoso líquido con sus manazas, mi estado no mejoraba en absoluto.
Sólo conseguí secarme tras los bandazos a un lado y otro con los que mi dueña me castigaba sobre la pista de baile. Francamente, jamás me había sentido tan enloquecido. No paraba, ni un minuto, de moverse como una histérica salvaje que no sabe ni de dónde viene ni a dónde va, y el sudor que su cuerpo despedía me volvía a inundar con un hedor sumado al del “perfume”, de lo más desagradable.
Me tenía, ciertamente, mareado; hasta tal punto, que de haber tenido, alguna vez, un estómago –entre aquellos olores y aquellos movimientos compulsivos sin ton ni son- hubiera terminado, sin lugar a dudas, por vomitar.
Para colmo de males, dos amigotes suyos me tiraban de las mangas. No comprendía por qué no agarraban a mi dueña de algún miembro de su cuerpo en vez de estirarme a mí, que no tenía arte ni parte en aquel asunto en cuestión. Lo cierto es que temía que acabaran por descoserme por completo o algo peor; pero mi dueña se quejó oportunamente, y aquellas bestias incívicas, que desde luego no deberían andar sueltas por ahí, terminaron por dejarme en paz.
Al cabo de las horas, (de las, para mí, interminables horas) mi dueña se despedía, haciendo detener un taxi, en cuyo asiento hundió su temible trasero que me aplastaba sobre mis propios pliegues, incrustándome en mi misma materia, ya que, esta vez tampoco se había preocupado de alisar primero el faldón de su abrigo que mal olía a tabaco tanto como yo.
Llegamos a casa, se desnudó y me tiró, literalmente, sobre un sillón viejo de su habitación.
En mi cansancio y en mi pesar, no podría dejar de pensar en mi antigua dueña que tan bien me trataba, a diferencia de este penco con forma humanoide.
Para empezar, ella jamás iba a esos sitios tan extraños; cuando regresábamos a casa me colgaba en una percha y, con las palmas de sus manos, suaves y limpias, oliendo a jabón, cariñosamente me recorría de arriba abajo, asegurándose de que me estiraba y ordenaba cuidadosamente cada parte de mi hechura antes de guardarme en el armario, que compartía con otros trajes y ropajes de categoría similar a la mía, con los que daba gusto convivir.
Las diferencias entre ambas dueñas son realmente notables. En mi antigua casa, me lavaban con mucho más cuidado y mimo; con un detergente y un suavizante apropiado, que hacía la plancha mucho más amable. Además, la señora que me planchaba, lo hacía con dulzura y con delicadeza, sin dejar caer la plancha con la brutalidad con la que lo hace mi segunda y actual dueña, para desgracia mía, y sin matarme a tirones, sacudidas y zarandeos, ni en las mangas, ni en ninguna otra parte de mi ser. Esta segunda me hace crujir todas las costuras constantemente; y, para colmo, tiene la mala costumbre de fumar mientras plancha, con un ojo que el humo le obliga a guiñar, ¡habiendo dejado caer, en varias ocasiones, la ceniza sobre mí!
¡Menuda diferencia entre ambas! Más allá, mi antigua dueña me llevaba puesto (eso es llevar puesto un vestido y no lo que hace esta otra, que no sabe ni sentarse) una o dos veces al mes. ¡A esta segunda, le he debido gustar tanto, que casi me lleva puesto dos y tres veces a la semana!
Cierto que el ropero de la primera era muy superior al de la segunda. La primera me llevaba a lugares y con gentes absolutamente encantadoras que, desde luego, me sabían tratar como corresponde a un vestido de mi envergadura, aunque eso sí, no me elogiaban tanto como los amigotes de la segunda, supongo que porque están mucho más acostumbrados a tratar con vestidos como yo.
El caso es que aquí me encuentro, cansado y dolorido sobre este asqueroso sillón, engurruñido y redoblado sobre mis propias arrugas, como un andrajo viejo que ya no sirve ni para quitar el polvo.
No comprendo por qué me vendió mi primera dueña; ¡y a tan bajo precio! Si me hubiese vendido más caro, a lo mejor este animal con patas no me hubiera comprado. Seguro que aquella mujer tan estupenda no se puede imaginar ni mi situación ni mi estado.
Me siento tan mal, tan triste, tan abatido, tan atrapado en el vacío de esta vida… Y ésta es capaz de dejarme varios días en la misma postura, tirado sobre el sillón… De cualquier manera, algún día de éstos, tendrá que terminar por lavarme, digo yo... Espero que suceda pronto y que la plancha no sea muy dura conmigo... Espero que lo haga mañana…
Estoy tan, tan, tan cansado…
Mañana, seguro, lo hará. (Espero…).
VALE
VALE
K.

Ahora que se compran tantas cosas de segunda mano, recomiendo que lean este relato, que les puede ser de gran utilidad...
ResponderEliminar¡Espero que lo disfruten!