martes, 4 de septiembre de 2012

"La peluquería"


Ya me ha tocado otra vez… 
Ir a la peluquería siempre ha supuesto un suplicio para mí y una aventura involuntaria. De hecho, durante mucho tiempo era mi propia madre quien me cortaba el pelo, con mucha maña, por cierto.  Nunca he comprendido esa afición de tantísimas mujeres a llevar su cabeza a un lugar para que le hagan todo tipo de operaciones de manera que les permita salir transformadas de allí. 

Hay dos cosas que me sorprenden sobremanera:  la primera es que, en muchas ocasiones, y casi matemáticamente, si eres joven e intuyen que quieres cambiar tu “look”, la peluquera/o tiene una especial predisposición a hacer lo que le da la gana con tu imagen.  Sin duda, dan por hecho, que ellos saben mejor lo que te conviene…, de tal manera que curiosamente, parece que la única persona que no tiene que opinar sobre tu propia imagen eres tú misma…  En segundo lugar, siempre me deja atónita la “felicidad” que desprende la clientela, su seguridad en el espacio que ocupan y que parecen percibir como si fuera su templo particular que comparten con los peluqueros, y a quienes parece obligatorio darle conversación, como si formasen parte de un acto social de suma importancia, que acaba con la estirada salida de las señoras y su flamantes cabelleras... 

El resultado final es siempre una incógnita, y la única certeza es que, pase lo que pase, todas las clientas salen con el bolsillo aligerado de peso; en ocasiones, de forma importante…


La verdad inventada:   “La peluquería”


Me ven a través de la puerta de cristal gris ahumado y suena un timbre que me permite abrirla según empujo.  Como en las entidades bancarias, me quedo encerrada entre esa puerta y la siguiente, también de cristal, que sólo se abre una vez cerrada la anterior. 

Una señora con bata blanca me da los buenos días y me pregunta qué me quiero hacer, a lo cual añade lo que ella quiere que se me haga, sinceramente, no sé por qué.  Se lleva mi chaqueta y me pone una especie de bata de un color que quisiera ser blanco, pero no lo llega a lograr, y me envía hacia el piso de abajo, introduciendo, primero, un papelillo gris con instrucciones en un pequeño bolsillo de la bata, que queda situado a la altura del hombro izquierdo.

Tras siete años de ausencia en esa misma peluquería, y también en cualquier otra, todo me llamaba poderosísimamente la atención y se me hacía imposible responder a cualquier pregunta sin que me fuera repetida, pues aunque mis pies estaban pegados a aquel suelo recién barrido de pelo, la distancia que se interponía entre éstos y mi cabeza había conseguido que mi estatura fuera sorprendentemente incrementada y la voz de la peluquera, que me llegaba como de otro planeta, se me hacía muy difícil de comprender.

Sacando las instrucciones de mi bolsillo me dijo:  “¿Cómo te quieres cortar el pelo?”, a lo que yo respondí que sólo quería hacerme un moldeador; pero que si era necesario cortarme el pelo, que me cortara las puntas. La vi mirándome con tal expresión de sorpresa en su cara, que si la mía tiene el mismo poder de expresión, por unos segundos, todo mi cuerpo debió quedar convertido en una tremenda interrogación.

Los lavabos estaban ocupados y me pidieron que buscara un sitio donde sentarme y encontré un sillón delante de un tocador alineado junto con varios otros construidos con una perfecta simetría, de forma que el revés de mi espejo era otro igual con otro pequeño tocador.  De no ser por la existencia de aquel espejo, me hubiera visto colocada ante una señora sentada enfrente de mí, como si fuera mi propia imagen.  El espejo era grande y terminaba en un pequeño mostrador. Debajo de éste, quedaba libre un espacio hasta el suelo dividido, a un palmo del piso, por una barra forrada de goma, a compartir con la señora de enfrente y oculta tras el espejo, para apoyar los pies.

Al mirar el espejo de arriba abajo, me veía casi hasta la cintura, reflejada en el espero.  Al continuar bajando la mirada, observé cómo mi figura se completaba con unas piernas que jamás había visto antes, y que vestían unas medias negras muy oscuras y unos zapatos de tacón, lo cual era muy sorprendente, teniendo en cuenta que yo había salido de casa con unos vaqueros puestos y unos zapatos negros, planos.

Fascinada, observé cómo mis “nuevas piernas” se movían a su antojo y no se atendían a órdenes o razones, así como tampoco podía sentirlas.  Pensé que si en ese momento me cortaran una pierna no me enteraría, a no ser que estuviera mirando, lo cual me obligaba constantemente a tenerlas a la vista.

Aquella batería de tocadores quedaba rota, de vez en cuando, por pequeños espacios entre los espejos que permitían entrever lo que ocurría detrás de los enormes vidrios, es decir, delante de mí.  También, a través de los espejos, podía ver a las señoras que estaban sentadas en la misma alineación y a algunas de la línea opuesta a la mía, que entre los espacios libres de cristal se dejaban entrever.

Realmente, a veces resultaba difícil saber qué estaba delante y qué detrás; pero lo que más me sorprendía, sin lugar a dudas, era la facilidad y naturalidad con la que las señoras se movían por allí mismo, entre la gente (por el número de señoras, multitud), porque daba la impresión de que estaban, verdaderamente, en su casa, y su confianza en el espacio y en las gentes era tal que me parecía adivinar que esas mismas señoras, aún con los ojos cerrados, hubieran sido capaces de moverse por aquél lugar con idéntica soltura.

Sus cabezas estaban cubiertas de rulos de combinados colores, según el grosor de los mismos. Así se veían cabezas cargadas de blanco-verdes, blanco-naranjas, blanco-negros, blanco-azules, o llevaban papeles de aluminio con algodones, plásticos transparentes, barras de plástico de colores que ponen sobre los rulos y cuya función no he llegado a comprender; y todas las caras de todas esas cabezas, a pesar de su aspecto grotesco, expresaban una seguridad en las personas que de ellas pendían, de tal magnitud, que a mí me entraron unas enormes ganas de echar a correr, pensando que yo no iba a ser capaz de ponerme esas “cosas” en la cabeza, porque sabía que a mí no me proporcionarían la fuerza y la seguridad que parecía ofrecerle a las demás.  Además, no me sentía nada bien, ante tal perspectiva, porque mi padre nos tenía prohibido, a mi madre, a mi hermana y a mí, andar por casa con rulos en la cabeza (enorme favor que nos ha hecho siempre, por cierto…).  Decía que si queríamos ponernos rulos nos los pusiéramos para salir a la calle, y no para estar en casa viéndolos él.

Quizá por esa razón, me avergonzaba la idea de que me viesen con ese ”sombrero” a modo de rulos de colores y plásticos transparentes, porque yo, sólo bajo los efectos de un ataque de locura, me lo pondría en un cuarto de baño, donde nadie me viera, y allí me sentía terriblemente observada, cuando curiosamente, la única que parecía empaparse la mirada con aquel espectáculo, para mí casi inaudito, era yo. Todo esto me impedía “sentirme como en casa”, como las demás, sino más bien como una extranjera que tiene que “entendérselas” con un idioma que le es totalmente desconocido.

El terror viajaba por mi cuerpo con un sudor helado, manteniendo la sensación de una condena inevitable e incomprensible, que me hacía sentir en puertas de ser decapitada en cualquier momento.  Decidí levantarme y echar a correr, pero en ese momento una señorita me llamó, paralizando mi mente.  De cualquier manera, sabía que mis nuevas piernas no me iban a obedecer y las dejé allí plantadas, recuperando las mías que se dirigieron hacia el lavabo sin que yo pudiera hacer algo por evitarlo.

El lavabo es un instrumento que parece haber sido diseñado para separar la cabeza del resto del cuerpo y cada vez sentía mi ejecución más próxima.

La señorita “Lava-cabezas” me colocó una toalla a modo de mantilla sobre los hombros y me la remetió por dentro de la camisa.  No comprendía por qué no dejaba que lo hiciese yo misma, pero si la penitencia está impuesta de esta manera, ¿qué se puede hacer en estos casos?  Tampoco quería que me cortaran el pelo y me lo cortaron… Sabía que harían lo que quisieran con mi cabeza; me harían llevar durante meses el rizo que ellas quisieran, y me peinarían como ellas considerasen oportuno, y sabía que al final, hiciesen lo que hiciesen con su cabeza ajena, yo pagaría, religiosamente, lo que ellas quisieran y daría las gracias por todo ello.  Siempre hay que tener en cuenta que por muy mal que quede una, todo es empeorable…

La misma señorita desapareció dándome unos minutos para aprovechar la oportunidad de escapar, pero antes de que me terminara de decidir completamente, llegó, me pidió que echara la cabeza hacia atrás, y quitándome la goma de la coleta, comenzó a mojarme el pelo.

Tenía los músculos del cuello en tensión porque no estaba segura de lo que sucedería a continuación; sin embargo, el agua estaba templada y la señorita no me clavaba las uñas, con lo cual me empecé a tranquilizar.

Ésta se puso, inmediatamente, a lavarme la cabeza como si fuera un exorcista y me alegró mucho comprobar que parecía tener la intención de seguir utilizando las yemas de los dedos para no castigarme con sus uñas, aunque nunca estaría segura hasta que aquella desagradable situación llegase a su fin.  No conseguía comprender el porqué de su insistencia en aquel masaje sobre mi cuero cabelludo, que a mí se me hacía interminable.  Me enjuagó el pelo, por fin, con agua tibia y me lo recogió en una toalla.

En seguida, vino otra señorita, una vez más, sustrajo la hoja de instrucciones del bolsillo de la manga y me llevó a otro nuevo tocador, que esta vez descansaba contra una pared.

Allí me quedé esperando, no demasiado tiempo, hasta que vino de nuevo con una especie de mueble metálico con ruedas que sostenía un par de bandejas.  La inferior estaba llena de rulos blanco-negros y de papelillos parecidos a los que se utilizan para liar cigarrillos.  La bandeja superior sostenía un peine con un extremo puntiagudo y un líquido, que apenas pude ver, pero de cuyo pestazo no me pude librar.

También acompañaban a dicho recipiente con el líquido y al peine, unos algodoncillos blancos y así, todos los preparativos quedaban perfectamente ordenados sobre las bandejas para proseguir con la ejecución, y yo estaba nerviosa porque sabía y no sabía lo que iba a suceder a continuación.  De cualquier manera, me negaba a creer que aquella señorita fuera capaz de colocarme todos aquellos rulos sobre la cabeza, y a la vez, empezaba a hacerme a la idea de que todo aquello podría suceder perfectamente; de hecho, yo había ido con la esperanza de que eso ocurriese, aunque resulte contradictorio.

Yo, que con el pelo mojado, apenas me atrevía a mirarme en el espejo, esperaba a que la señorita terminara de peinar lo que muy pronto dejaría de ser una cabellera de pelo liso y, de vez en cuando, lanzaba una mirada al espejo, con el rabillo del ojo, para despedirme de mi pelo, al que por primera vez le empezaba a coger cariño.

La señorita empezó a distribuir con el peine el pelo a uno y otro lado de la cabeza, con una precisión realmente sorprendente, y empezando por elegir el mechón más próximo a la frente, comenzó aquel ritual, que casi parecía sagrado, y que ambas sufríamos en completo y constante silencio, por fortuna; pues yo, en esos trances, no soy muy propicia al diálogo.

Levantaba el mechón de pelo con el peine hacia el techo, y tengo que confesar que nunca me pareció tan largo mi pelo, de hecho, aquello parecía haber sido estirado, como se hace con una cinta elástica, pero lo que más me sorprendía era ver cómo formaba aquella cortina perfecta de pelo, casi transparente, de tal forma que yo me atrevería a asegurar, aunque tampoco pondría la mano en el fuego por ello, que cada rulo llevaba exactamente el mismo número de pelos.  Cuando ya tenía el número exacto de larguísimos y estirados cabellos contado, cogía un algodón que empapaba en el mal-oliente líquido y frotaba con aquello el mechón de pelo elegido y preparado.  Cuando llegaba con el algodón al extremo más alto del mechón, tapaba las puntas del mismo con el papelillo y lo enrollaba en el rulo que iba unido de un extremo a otro por una goma que llevaba incorporada a sí mismo, quedando éste perfectamente ajustado sobre mi cuero cabelludo, como si hubiera nacido con él puesto; pues estaba tan bien sujeto, que no corría el menor riesgo de poder caer.  Así, fue poniendo uno tras otro en línea recta hasta la nuca, para terminar, de la misma manera, con los mechones que colgaban de los lados derecho e izquierdo de su cabeza ajena.

Tal facilidad tenía, tal destreza, precisión en su trabajo, que se me olvidó, por completo, que me estaba poniendo rulos, cuando curiosamente no dejaba de observar cómo lo hacía.  Tan perdida me encontraba en su arte, que si una vez puestos todos los rulos me hubieran dicho que ya estaba todo hecho, me hubiera ido a la calle con los rulos puestos, si más, absorta en descifrar los secretos de esas manos mágicas e intentando recordar, paso a paso, todo lo que éstas habían hecho; y lo peor hubiera sido que habría tardado mucho tiempo en darme cuenta de que tenía los rulos puestos, aunque supongo que el peso de mi cabeza, que había incrementado considerablemente, en un momento dado me lo hubiera recordado.

Me puso un montón de barras de plástico de todos los colores, con excepción del verde y el violeta, sobre la cabeza para cubrírmela con un plástico transparente, como los que se usan para preservar los alimentos.  Esto me recordó mi situación de “condenada” y me hacía pensar que aún no se sabía lo que podría pasar, cuando me quitaran los rulos y me volviesen a pasar por los lavabos, donde la ejecución tendría, quizá, su final.

Aquello de que me plastificaran la cabeza, como si fuese un filete a congelar, me tenía seriamente preocupada y aquellas barras de colores eran un misterio y seguirán siéndolo para mí.

Ahora comprendo por qué las revistas del corazón tienen tanto éxito, y es que, sinceramente, una no puede mirarse al espejo sin que le pase nada, y como la curiosidad hay que matarla, porque de lo contrario puede terminar con una, qué mejor que ocupar la cabeza en otros asuntos, y si pides una revista y te dan “eso”, pues “eso” que te lees…  Además, así te tienen entretenida y no molestas a la peluquera con preguntas como "¿qué me estás haciendo?" o "¿Y eso, para qué es?", etc...

También empiezo a comprender por qué las señoras han adquirido esa libertad de movimientos y esa confianza, y es que tienen mucho tiempo para conseguirlo.  Sin embargo, para mí nunca es suficiente el tiempo empeñado, y jamás he logrado acostumbrarme, ni creo que pueda nunca.  De cualquier manera, no creo que vuelva a pasar por allí hasta dentro de otros siete años.

Por fin llegó, una vez más, la señorita.  Yo esperaba que me quitase los rulos, pero no; sólo me quitó el plástico y las barras de colores para llevarme, de nuevo, a los lavabos, donde me mojaron la cabeza, con los rulos aún puestos, para verter sobre los mismos blanco-negros, otro líquido que olía –aunque parezca increíble- aún peor.  Me hicieron esperar cinco minutos más con aquella especie de plasta de líquidos sobre los rulos que cada vez pesaban más, para degollarme poco a poco, pero antes de que la guillotina pudiera concluir su cometido, la señorita volvió y empezó a trastearme los rulos.  Cuando empecé a oirlos caer sobre el lavabo, se me escapó un suspiro de alivio tal, que algunas señoras cercanas a mí respondieron a ello con un educado “Jesús”, al que yo contesté con igual cortesía.

Por fin, me sentí libre de rulos y la señorita Lavacabezas me secó el cuello con la toalla. Sinceramente, sigo sin comprender por qué no me dejaba que lo hiciese yo misma. 

Esta vez, me guió hacia otro tocador distinto a los anteriores pero de iguales características al primero y la señorita que me cortó el pelo procedió a secármelo mientras comentaba lo bien que me había quedado el rizo.  Naturalmente, yo siempre le daba la razón, y mientras ésto sucedía, en un momento dado, después de bajar la mirada del espejo, me di cuenta de que tenía otro par de nuevas piernas, pero esta vez vestidas con un pantalón verde-caqui y unos zapatos rojos, y que como las anteriores piernas, no me obedecían en absoluto; pero me maravillaba su capacidad de decisión a la hora de moverse, pues yo no les ordenaba nada y, sin embargo, ellas eran capaces de mantener un equilibrio y una armonía perfecta, y disfrutaban de un entendimiento entre ellas tal, que les permitía moverse en perfecta libertad y con total seguridad y coherencia.

Todo esto me tenía completamente asombrada, boquiabierta, fascinada, y mientras, la señorita se empeñaba en interrumpir mis pensamientos para preguntarme no sé qué cosas, a las que yo era incapaz de contestar, porque otra vez, su idioma y el mío no tenían ni el más simple sonido en común.

Al mismo tiempo, la lentitud de aquel secador me permitía disfrutar de mis nuevas piernas que se movían sobre la barra de goma a su antojo y que más tarde dejaría abandonadas para recuperar las mías, que me llevarían otra vez al piso de arriba, donde estaba la cajera, no sin antes echar la correspondiente mirada a la nueva cabellera, a través de un espejo de mango, en el espejo grande del tocador; pero aunque yo no estaba, en ese momento, preparada para ver nada, contesté que sí, que me gustaba mucho, con la esperanza de que los sonidos emitidos por la señorita correspondiesen a algo parecido a la pregunta “¿te gusta?”

Una vez en el piso de arriba, cuando la señorita cajera me dijo lo que tenía que pagar, quedé inmediatamente pegada al suelo, juntando mi cabeza con los pies, como si aquella noticia hubiera tenido el efecto de la galleta mágica que reducía el tamaño de Alicia. Ciertamente, aquella fue toda una galleta, hasta tal extremo, que realmente pienso que me podían haber evitado todos los sufrimientos de la ejecución, ya que la dicha galleta hubiera tenido el mismo efecto mágico, rizándome los pelos en cuestión de segundos. Me quedé tan parada, que empecé a buscar dinero por todos mis bolsillos; -a punto estuve también de buscarlo por los bolsillos de la señora que tenía al lado- y pagué sin rechistar y sin atreverme a pedir explicación alguna…

Al menos, pensé, aún conservo la cabeza y tengo la certeza absoluta de que no me han decapitado, porque siento perfectamente cómo los rizos me molestan en la cara- ya que no me terminaba de atrever a “arruinar” su obra de arte, retirándome el pelo por detrás de las orejas, delante de ella.

Atravesé las dos puertas de cristal, con una curiosidad indecible por saber cómo me había quedado la melena y no dejaba de mirar escaparates en mi camino hacia casa, por ver si se reflejaba mi imagen lo suficientemente como para comprobar, por fin, el resultado de mi sacrificio, pero el contraste de la luz callejera con el brillo de los cristales no me permitía,  realmente, apreciar bien lo que había pasado con mi cabeza, y sólo cuando llegué al ascensor de mi casa, pude comprobar, en el espejo, la suma de todo lo que me había acontecido durante mi viaje por otros mundos y galaxias… 

Si; la verdad es que me gustaba.  En realidad, el invento había resultado mejor de lo que esperaba, pero la galleta me tenía tan indignada que, aún hoy, mantengo la firme decisión de no volver a aparecer por el lugar que titula este escrito hasta que no hayan pasado, por lo menos, otros siete años…

VALE.

K.

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